30 de abril de 2009

El templo interior. La inmanencia de Dios. Por un Monje

"Glorificad a Dios en vuestro cuerpo". (1 Co 6,20).
Nunca leerá el Eremita sin un alborozado estremecimiento las siguientes afirmaciones de San Pablo: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? El templo de Dios es sagrado, y ese templo sois vosotros" (1 Co 3,16-17). "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros y lo habéis recibido de Dios?... Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos" (ib. 6,19-20).
No busques a Dios ni en un lugar ni en el espacio. Cierra los ojos del cuerpo, ata tu imaginación y baja dentro de ti mismo: estás en el Santo de los Santos donde habita la Santísima Trinidad.
En el instante de tu Bautismo has quedado hecho templo de Dios: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". En el acto, "el amor de Dios fue derramado en tu corazón por el Espíritu Santo que te fue dado" (cf. Rm 5,5), y se realizó la promesa de Jesús: "Si alguien me ama —esto es, si tiene la caridad, si se halla en estado de gracia—, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra mansión" (Jn 14,23).
Sabes lo que significa esa presencia: algo totalmente distinto de la del Creador en su criatura. Por ella contraes una amistad divina que te introduce en la intimidad de la Trinidad. Huésped de tu alma. El Eremita ve en esa inhabitación de Dios la razón específica personal de su retirada al Desierto. Viene a vivir, con exclusión de toda otra ocupación, esa sublime verdad. Desde ese ángulo sobre todo, su vocación es escatológica: comienza en la tierra en las sombras de la fe y la luz del amor lo que hará en la eternidad, donde sólo habrá un templo: Dios mismo. ¿Acaso no está más él en Dios que Dios en él por su acceso gratuito al misterio tan secreto de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
El hombre es contemplativo por destinación y por estructura: "La vida eterna está en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17,3), mas con un conocimiento que participa del de Dios mismo, viéndolo cara a cara en el fervor del amor beatífico. Conocerlo es el objeto supremo de nuestra inteligencia. Amarlo es el todo de nuestra voluntad, ávida de bien. Nuestra condición terrestre interpone entre Dios y nosotros toda una gama de verdades parciales y de bienes fragmentarios que deberían ayudarnos a remontar el vuelo hasta su fuente, pero que con harta frecuencia nos apartan de ella en razón de la sobrestima que les damos.
¿No es extraño que el hombre, organizado para alcanzar su pleno desarrollo en la contemplación, que lo dilata a la medida de Dios, prefiera la acción, que lo repliega sobre sí mismo en su voluntad de vencer? Es más fácil actuar que hacer oración. En ésta la iniciativa pertenece a Dios, en aquélla a nosotros, y no nos gusta enajenar nuestra libertad aunque sea en provecho del Señor. Para la fe es una especie de enigma que la mayoría tengan aversión a la contemplación, que viene a ser para ellos como el lujo de los cristianos ociosos.
Esa incuria por la presencia de Dios en el alma es una afrenta y el pecado una suerte de sacrilegio: "Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él" (1 Co 3,16).
El Eremita lo ha dejado todo para afincarse en esa "Presencia". Cerradas todas las avenidas del lado de la tierra, se siente con ánimos de ser "conciudadano de los santos" (Ef 2,19). Su cualidad de cristiano y la vocación formal que lo llama a la soledad fundamentan su pretensión. Si comprende bien el sentido de su vocación, entonces todo él, cuerpo y alma, es un templo. La disciplina de sus sentidos y la "esclavitud de su carne" cobrarán un significado más profundo: no serán tan solo un esfuerzo laborioso por mantener el Señorío. El cuerpo, por su parte, es una piedra escogida que hay que labrar y pulir para la iglesia que se construye (Dedicación). Lejos de execrarlo, el Eremita lo rodea de respeto con miras al papel que le asigna la Liturgia. Ésta tiene para con el cuerpo un ritual minucioso que regula y ennoblece las actitudes y funciones de cada miembro en la participación que le brinda en la oración y el sacrificio.
Viénele su dignidad sobre todo del alma que lo anima, y que en gracia a su unión sustancial se lo asocia en el honor de ser morada del Altísimo. Esta teología del cuerpo rectamente entendida no autoriza ya más respecto del mismo el trato sórdido que le infligían los Eremitas primitivos. El Bautismo lo ha lavado en la lustración purificadora; el sacerdote lo ha signado con la Cruz, ungido con el Santo Crisma; la Comunión eucarística lo transforma en copón viviente. Después de la muerte, la Iglesia lo inciensa y lo lleva en triunfo. ¿No era el templo del Espíritu Santo?
Esmérate por que él también venga a ser lo que es. Gracias a él y al funcionamiento satisfactorio de sus órganos es como tu alma podrá gozar conscientemente de la presencia de Dios en ella. Guárdate de que una severidad indiscreta te incapacite para sostener un coloquio prolongado con el Huésped interior. Si María hubiera padecido jaqueca, la entrevista de Betania hubiera perdido su colorido.
No puedes, sin alegrarte, pensar en lo que pasa en el fondo de ti mismo... En el instante en que tomas alimento, recreo o sueño, el Padre, en tu alma, engendra a su divino Hijo. Su Palabra es de una actualidad incesante: "Yo, hoy, te he engendrado" (Sal 2,7).
Trata de percibir con la fe algo de esos intercambios de amor y alabanza entre las divinas Personas que son la vida de la Trinidad, su gloria que irradia en tu alma. El "Gloria Patri…" que jalona tu salmodia es sólo un eco, si bien el más fiel, de la alabanza que se tributan mutuamente "los TRES".
La gloria del Padre es su Hijo que refleja a la perfección todos sus atributos. Es su Palabra interior, su canto. Lo ensalza como la fuente de todos los bienes divinos, el "Principio".
La gloria del Hijo es el Padre que testifica, al engendrarlo perfecto como él, su trascendente hermosura.
La gloria del Espíritu Santo es el gozo mutuo del Padre y del Hijo, su beso sustancial.
Pídele una y otra vez que te haga menos insensible a ese grandioso himno al que se refieren todos los actos de religión, es decir, todos los actos de tu vida de Eremita, orientada a la glorificación de Dios.
Al repetir, en unión con la Trinidad, ese inefable "Gloria", comulgas con su beatitud. Tal es la suprema consolación del Desierto, la única que pueda legítimamente codiciar el Eremita. Por una gota de esa alegría los santos lo abandonaron todo. En tu retiro, esfuérzate por que tu corazón sintonice con el de Dios, y tu gozo se sitúe en lo que constituye la felicidad de cada una de las Personas divinas.
El gozo del Padre es su Hijo, su expresión perfecta es la palabra que lo engendra: "Filius meus es tu", "Tú eres mi Hijo" (Sal 2,7), es ese Verbo semejante en todo al Padre, imagen viva suya, hacia el que lo impele toda su ternura y que le devuelve amor por amor en igualdad perfecta.
La alegría del Hijo es su Padre, de quien recibe todo cuanto es en sí mismo, ese Padre que en un solo acto agota en favor suyo toda su fecundidad, al comunicarle la naturaleza divina con sus perfecciones: su felicidad consiste en estar "en el seno del Padre" (Jn 1,18) y en amarlo con ese matiz de infinita gratitud.
La alegría del Espíritu Santo es la alegría misma del Padre y del Hijo, fundiéndose en esta tercera Persona. Amor sustancial de las dos primeras Personas, es llamado el Corazón de Dios. Es un canto, una fiesta divina, es el eco sublime del Amor. Es en Dios el foco de la alegría y de la dicha.
No hay alegría humana que se pueda comparar con esa felicidad divina. El Eremita sabe que es un bien no ajeno a su vocación, ni menos una tesis que descifrar en los libros, un espectáculo lejano cuya inasequible esplendidez tornaría su Tebaida aún más antipática.
Es en ti, templo de la divinidad, donde palpita ese corazón de Dios, es en el centro de tu alma donde se explaya esa maravillosa vida trinitaria. Haz tuyo este dicho de un teólogo: "En este momento actual que se me va en naderías, Dios todo entero se ocupa (en mí) en dar nacimiento a su Hijo coeterno" (Régnon).
Eres hijo adoptivo y como tal habitas en el seno de la familia divina, presentado e introducido por Jesús: "Padre, quiero que los que me has dado estén también donde Yo esté" (Jn 17,24).
Y ¿dónde está Jesús? "En el seno del Padre". La fe y la caridad, participación del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y del amor que se da a sí mismo, te sumergen en la corriente vital de la circumincesión. ¿No es ése el sentido de la oración de Jesús: "Que ellos sean uno como nosotros somos uno, Yo en ellos y Tú en mí"? (cf. Jn 17,20).
En el Eremitorio ésa será tu vida interior: asociarte con toda la continuidad posible al canto de gloria y de amor de las Tres divinas Personas, en comunión con Jesús, el cual asume tus actos personales y los eleva, valorizados al infinito, hasta Dios. Según el atractivo del momento únete al Padre para celebrar la gloria del Hijo, al Hijo para exaltar la gloria del Padre, al Espíritu Santo para saborear la alegría de la Trinidad entera.
Todo ello sólo es posible vivirlo en la fe, en la desnudez del espíritu y el silencio. Ninguna criatura, ninguna imagen te servirá, toda vez que lo creado te revela la naturaleza de Dios, pero nada te dice de su vida. Es menester, para llegar ahí, desbordar las cosas terrenas y olvidarlas. El día que del fondo de tus entrañas ascienda un deseo verdadero que te arranque el ansia del salmista: "Como suspira la cierva por las aguas vivas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios!", sabrás que Dios llama a tu puerta y quiere cenar contigo (Ap 3,20). Es el Espíritu del Hijo, que Dios ha derramado en tu corazón, el que clama: "Abba, Padre", el que con gemidos inenarrables pide por ti "lo que corresponde a las miras de Dios" (Rm 8,26-27), es, a saber, tu perfecta unión con él.
Ese es el último "porqué", el último "cómo" del desasimiento del Eremita, por qué sigue a la letra el consejo del Señor, "se retira a su celda, cierra tras de sí la puerta y ora al Padre, que está ahí en lo secreto" (Mt 6,6). Lo hace materialmente, y más aún espiritualmente con el recogimiento intensivo de la celda interior que favorece el Eremitorio.
No pases ningún escrúpulo por no dedicar sino poco tiempo a las "devociones", por no sobrecargarte de intenciones particulares; la oración oficial de la Iglesia provee a todo, y el honor que rinde a los Santos en sus Oficios, la eficacia apostólica de sus súplicas, aventajan infinito tus homenajes e intercesiones privadas. La Epístola a los Hebreos dice que Jesús, en el cielo, "está siempre vivo para interceder por nosotros" (Hb 7,25). Lo hace sin requerimientos formulados, con la sola presencia de la marca gloriosa de las cicatrices de la Pasión, memorial de su amor y obediencia. Tu ser entero, por su consagración y el fervor de tu caridad, pide por sí solo que el nombre de Dios sea santificado, que su reino venga, que su voluntad se haga.
El Eremita puede, con pleno derecho, considerarse como agregado ya a la grandiosa liturgia de la Eternidad que nos describe el Apocalipsis. Tiene su puesto entre las "miríadas de miríadas", y los "millares de millares" de Ángeles y Santos reunidos en torno al solio de Dios, y dice con potente voz: "Al que está sentado en el Trono y al Cordero la bendición, el honor, la gloria y la dominación por los siglos de los siglos" (Ap 5,11-14).
Si la liturgia monástica que celebras está simplificada hasta el límite, si se te proporcionan largas horas de soledad y de santo ocio, es para permitir que tu alma, liberada de toda traba, anticipe, en cuanto sea posible, lo que será nuestra vida eterna. No por eso confíes en que ya no sabrás de la pesadez y el hastío de las oraciones desoladas. Toda la fiesta es para la fe y el amor. La alegría es la de Dios, no la tuya, en lo que podría tener de sensible.
Por miserable que seas, la adoración, en la cual tu egoísmo no puede tener la menor cabida, será siempre para ti una salida dichosa de tu "yo" obsesivo. La felicidad de Dios será tu felicidad: ése es el supremo desinterés de la caridad verdadera.
Que en el Templo de tu alma resuenen sin cesar las bellísimas aclamaciones del Gloria: "Gloria a Dios en lo más alto de los cielos. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos y te damos gracias por tu gloria inmensa..."
Puesto que en el Desierto ninguna voz se eleva fuera de la tuya, habrá al menos un sitio en la tierra donde Dios es adorado puramente...

Cartuja de Miarflores. Escritos Cartujanos. Eremitorio. Espiritualidad del desierto.
















27 de abril de 2009

Las Puertas del Silencio. Por un Monje.

A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único. Mejor, que te ha acogido como hostia de alabanza por siempre.
¿Quieres arder ante su Faz adorable como una cera muy pura?
¿Quieres, como los querubines, como los serafines, oh alma, ser irradiada por su claridad, abrasada por su amor, y no ser para Él nada más que Luz y Claridad?
Consiente en olvidar el mundo, el universo y a ti mismo.
Si vacilas en perder en Él y por Él tu vida, no sigas más. Lo que sigue no te aclarará nada.
Si el abismo te tienta, suplica al Señor que te envuelva en soledad, que te arroje en el silencio que Él habita y llena, donde Él se manifiesta. Por tu parte, esfuérzate en vivir así.
En cuanto te sea posible, con exacta obediencia y una perfecta caridad, evitarás estas cuatro cosas, los mayores obstáculos al silencio interior, y que vuelven imposible la contemplación habitual:
El ruido interior.
Las discusiones interiores.
Las obsesiones.
Las preocupaciones de ti mismo.
¡Hecho esto, habrás franqueado las puestas del silencio!


Cartuja de Miraflores. Escritos cartujanos.


24 de abril de 2009

LO SAGRADO . PAUL EVDOKIMOV

El lenguaje corriente emplea frecuentemente expresiones como: la santa voluntad, el deber sagrado, la ley santa, un hombre santo. En el transcurso de la evolución semántica, el termino "Sagrado, santo" se separa de su raíz y toma un sentido moral que está lejos de cubrir su significado inicial ontológico.
Ante todo, lo sagrado se opone a los elementos de este mundo y presenta la irrupción de lo que R. Otto llama das ganz Andere, lo absolutamente otro, diferente de este mundo. La Biblia nos aporta la precisión fundamental: sólo Dios es óntos- realmente todo lo que Él es, el Santo-; la criatura lo es de una forma derivada; lo sagrado o lo santo no lo es nunca por su propia naturaleza, por su esencia, sino siempre por participación. El término de Qadosh, ágios, sacer, sanctus, implica una relación de pertenencia total a Dios y postula una puesta aparte. El acto que hace sagrados una cosa o un ser, los separa de sus condiciones empíricas y los pone en comunión con lo numinoso, lo cual cambia su naturaleza y hace inmediatamente que se sienta alrededor el mysterium tremendum, el temblor sagrado ante la presencia de lo "numinoso". No es el miedo a lo desconocido, sino un terror místico muy característico que acompaña a toda manifestación de lo trascendente, su irradiación energética a través de las realidades de este mundo. " Sembraré delante de ti el pánico y llenaré de turbación a todos los pueblos donde llegues", dice Dios (Ex. 23, 27) o también "Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa" (Ex 3, 5).
Entre los elementos desvirtuados de este mundo, tiene lugar el advenimiento conmovedor de una realidad "inocente", por lo tanto santificada, es decir, purificada y devuelta a su destino auténtico: ser el receptáculo puro de una presencia, para que el Santo de Dios repose en él y resplandezca. En efecto, ese lugar es santo por la presencia de Dios, como era santa la parte del templo que contenía el arca de la alianza, como lo son las Santas Escrituras, pues encierran la presencia de Cristo en su palabra, como toda Iglesia es santa, pues Dios mora en ella y la hace "Casa de Dios" , allí habla y se ofrece como alimento.
PAUL EVDOKIMOV. El Arte del Icono. Teolo gía de la Belleza. Madrid. Claretianas. 1991.p 125-126.

21 de abril de 2009

"SI YO TE TUVIESE" DE FRIEDRICH VON HARDENBERG (NOVALIS)

Si yo te tuviese,
te llamase mío,
si te fuese fiel,
sin falta ni olvido,
no habría dolor,
sino sólo gozo, devoción y amor.
Si yo te tuviese,
¡qué no dejaría?
Tomaría el báculo,
en pos de Ti iría.
Para otros, las calles
anchas y animadas de la ciudad grande.
Si yo te tuviese,
¡qué tranquilo sueño!,
de la leche suave
de tu amor bebiendo,
cuya fuerza amable
ablanda y endulza lo amargo y lo fiero.
Si yo te tuviese,
el mundo sería mío;
feliz como un paje
celeste, al servicio
de Nuestra Señora
y el Divino Niño.
Si yo te tuviese,
tendría una patria.
Dones me llovieran
y herencia en las palmas;
y los hermanos que me han faltado,
entre tus discípulos los habría hallado.





14 de abril de 2009

NOLI ME TANGERE

Mientras leía el evangelio correspondiente al día de hoy, mi mente volaba hacia la maravillosa pintura "Noli me tangere" del pintor italiano Antonio Allegri la Correggio, que coloco en el centro de esta entrada. Es una imagen que sólo verla mueve a emoción. María Magdalena extasiada frente a su maestro. Luego de haberlo buscado con intensidad, de preguntar por él, allí está, justo frente a ella. Imaginemos la emoción de María al encontrar a aquel que con sólo una mirada le había devuelto la dignidad frente a todo el pueblo de Israel.
Nuevamente sus miradas se encuentran; ella lo quiere retener, pero no se lo permite: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos, 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes". Qué difícil habrá sido para ella tener cerca a quien amaba con toda su alma y dejarlo ir, aunque volviera a verlo. Cuando se ama cada momento lejos del ser amado resulta una eternidad.
Los sentimientos de María Magdalena, sus interrogatorios de amor, encajan perfectamente dentro de los reclamos amorosos comunes a la literatura mística. San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual dirá "A dónde te escondiste,Amado de mi alma, como el ciervo huiste habiéndome herido salí tras clamando y eras ido" No sólo aparece la queja de amor, propia del tópico de la ausencia del amado, sino también la búsqueda: "Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero, si por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decilde que adolezco peno y muero". Este santo carmelita coloca a los pastores y a ellos les consulta la amada- alma acerca de su Esposo- Cristo. Aquí se acentúa la referencia al dolor a través de la presencia de dos verbos que contienen una fuerte carga significativa: "penar" y "morir", ambos no proviene de la voluntad, sino de lo anímico- físico, se padecen. Las interrogaciones nos recuerdan a la angustia con que María Magdalena, durante la madrugada de la resurrección, pregunta dónde han puesto al Señor. Tanto era su desconcierto que confunde a Jesús con el cuidador del sepulcro y lo interroga: "Señor si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Esta búsqueda también nos recuerda al Cantar de los Cantares, a la pregunta que la amada hace a los centinelas: "Me encontraron los centinelas, que hacen la rondas por la ciudad. ¿Han visto al amado de mi alma? (Cant. 3,3)
Este pasaje del evangelio, nos permite trazar un puente con una experiencia común a los místicos de todas las épocas, el amado que no se deja ver o que se muestra y se esconde. Y en este esconderse llaga el corazón y lo impulsa a comenzar un búsqueda que ya en sí misma es dichosa. Que el Señor nos encuentre buscándolo, preguntado por él. Que no se detengan nuestro pasos, vamos en pos de él. Y si está escondido, entonces mientras vamos de camino nos esconderemos nosotros también para gozar de su presencia en lo escondido de nuestras almas.

7 de abril de 2009

Marcos el Asceta. El hombre exterior.

¿Hasta cuándo caminaremos por el sendero de la vanidad del intelecto sin atenernos al sentir evangélico? ¿Hasta cuándo desconoceremos conducirnos según la conciencia, para seguirla con celo, tratando de disfrutar su franqueza? Y sin embargo, nos apoyamos solamente en la denominada justicia del hombre exterior, a falta de un verdadero conocimiento, y nos desvivimos haciendo acciones solamente exteriores, pues queremos agradar a los hombres y estamos en la caza de la gloria, de los honores y de la alabanzas que de ellos provienen. ¿Hasta cuándo? En todo caso vendrá Aquel que no revela los secretos de las tinieblas y manifiesta los designios de los corazones, el juez que no se deja engañar, el que no tiene respecto por el rico ni piedad por el pobre, que arranca el vestido exterior y manifiesta la verdad escondida en lo íntimo. Aquel que, en presencia de los ángeles y de su Padre otorga la corona a los verdaderos luchadores y atletas que han vivido según su conciencia. Y conduce triunfalmente ante la Iglesia celestial de los santos y de todo el ejército de los Cielos, a los simuladores, a los que se envolvieron en una semblanza de falsa piedad, dando prueba de una santa conducta en lo exterior, para los hombres, apoyándose vanamente sobre ésta y engañándose a sí mismos.
Marcos el Asceta. "Carta al monje Nicolás". En: Filocalia.

6 de abril de 2009

Filoteo el Sinaíta. Sobre la sobriedad


27- Caminemos con la sensibilidad del alma con toda la atención del corazón. Efectivamente, la atención y la oración humilde, uncidas cada día, se elevan como el carro de fuego de Elías elevando al que está en él hasta lo alto del Cielo. ¿ Y qué decir?. En efecto, el Cielo espiritual del que conduce bien la sobriedad o está bien dispuesto a conducirla con corazón puro, ha sido preparado con sol, luna y estrellas y se vuelve espacio del Dios que nada puede contener, en la contemplación y en la ascesis mística. Por tanto, el que tiene amor por la virtud divina, que se decida a cambiar, con la ayuda de Dios y su empuje, las palabras por obras. Y al retener con cierta violencia sus cinco sentidos, por lo que sabe que el alma sufre daño, convierte en más llevadera, para su intelecto, la lucha y la guerra del corazón.


3 de abril de 2009

TEOGNOSTO. Desprecio de uno mismo.

1. Cuando desprecies perfectamente todas las cosas de la tierra, entonces sólo en ese momento, considera que posees la verdadera virtud, con el corazón siempre dispuesto, para una conciencia pura, para emigrar cerca del Señor. Y si quieres ser conocido por Dios, sé no conocido por los hombres, en la medida de lo posible.

2. Mira los placeres superfluos del cuerpo y evítalos, para que no te quieten algo de tus esfuerzos. Porque es claro que antes de la impasibilidad traen consigo consuelo para las anteriores fatigas. No debes considerar la privación de los placeres como una pérdida, sino como la disminución del bien para poder gozar de aquéllos.

3. Considérate, con pleno convencimiento, una hormiga y un gusano, para convertirte en un hombre plasmado por Dios. Dado que, si antes no se da aquello, no le sigue esto otro, y en la misma medida en que bajes, ascenderás hacia lo alto. Pero cunado te consideres nada delante del Señor, según el salmo, entonces, de pequeña cosa olvidada te convertirás en cosa grande. Y cuando creas que no posees ni conoces nada, entonces serás rico en una práctica y en una ciencia dignas de loas al Señor.

Teognosto. "Sobre la praxis y la contemplación y sobre el sacerdocio" en Filocalía.