domingo, 13 de abril de 2014

Ven Cristo y Reina...



Rey de los reyes, Señor del orbe,
Rey de las mentes y corazones:
¡Gloria al Señor!
 
¡Ven, Cristo y reina,
tuyo es el cielo, tuya la tierra!
Hoy te aclamamos,
Rey de los hombres:
¡Gloria al Señor!
 
Rey que en tu muerte nos das la vida,
Rey que en tu triunfo nos das la dicha:
¡Gloria al Señor!
 
Rey que nos brindas tu amor divino,
Rey que te entregas en pan y vino:
¡Gloria al Señor!
 
Reina en las almas y en los hogares,
de nuestra patria,
¡Oh, Cristo, Rey de amor!:
¡Gloria al Señor!

sábado, 12 de abril de 2014

Quien quiere algo distinto a Cristo...Por San Felipe de Neri


Quien quiere algo distinto a Cristo no sabe lo que quiere.
Quien pide otra cosa que  Cristo no sabe lo que pide.
Quien obra, pero no por Cristo, no sabe lo que hace"
                                                              
                                                                         San Felipe de Neri
                  
 

jueves, 10 de abril de 2014

Cuando el sacerdote alza el cáliz/ Por Leon Bloy




Cuando el sacerdote alza el cáliz para recibir la Sangre de Cristo, cabe imaginar el inmenso silencio de toda la tierra que el adorador supone colmada de espanto en presencia del Acto indecible que pone de manifiesto la inanidad de todos los demás actos, equiparables al punto a vanas gesticulaciones en las tinieblas.
La más horrible y cruel injusticia, la opresión de los débiles, la persecución de los presos, el mismo sacrilegio y hasta el desencadenamiento consecutivo de las lujurias del Infierno, todas esas cosas, en ese instante, se diría que dejan de existir, pierden su sentido si se las compara con el Acto Único. No queda más que la avidez de sufrimientos y la efusión de las lágrimas espléndidas del gran Amor, anticipo de la beatitud para los novicios del Espíritu Santo que han fijado su morada en el tabernáculo del olímpico Desprecio de las apariencias todas de este mundo.

sábado, 29 de marzo de 2014

Esa grandeza de Dios tan poco meditada.../ IV Domingo de Cuaresma

 
La ceguera oculta los colores y las formas. Obliga al tanteo, al paso vacilante, a la solicitud tantas veces acuciante de algún prójimo.
La ceguera supo ser en tiempos de Jesús ocasión de miseria, de aislamiento, de maldición, o imputación de pecados.
El ciego mendiga, bordea el templo, clama piedad, abre su mano a la limosna, o grita.
Pero el ciego que nos presenta el evangelio hoy es interceptado por Jesús. Jesús pone en él su mirada. Jesús se acerca. Jesús le habla. Jesús embarra aquellos ojos sin luz. Jesús le da una orden. Jesús manifiesta en él su poder. La Gloria de Dios es. Brilla. Fulgura.
En las aguas de la piscina de Siloé, los ojos ciegos que comienzan a ver hacen de signo. Dios está allí. Dios está aquí. Y ninguna cerrazón se le cierra. Y ninguna barrera lo frena.
Lo que quiere lo hace. Ha legado el que sana y salva. Cristo realiza un milagro que revela quien es. Porque al decir del apóstol:
“Todo fue creado por él y para él”. Él es el dueño de la luz. Él es la luz. Ninguna tiniebla se le opone. Ni las sombras de la muerte resisten a su voz.
A Santa María Magdalena de Pazzi, en una mística visión, se le revelaba un árbol que representaba toda la actividad del universo hundiendo sus raíces en la bondad de Dios. Allí las hojas eran los infinitos beneficios que nos son concedidos, y los frutos la grandeza de nuestro Dios manifestada en esos beneficios.
Esa grandeza de Dios tan poco meditada…
Esa grandeza que supone el poder de Dios. Un poder creador de todas las cosas visibles e invisibles, un poder conservador de todo lo creado, un poder santificador de las almas redimidas.
Poder amoroso. Amor poderoso.
Poder que el ciego experimenta en su cuerpo y en su alma, y que muchos testimonian, aunque algunos cierren el corazón.
Porque serán entonces los fariseos, los que se hundirán a sí mismos en la verdadera ceguera, que es la ceguera espiritual
Mientras algunos creen en Jesús, otros lo rechazan. Y el signo es el mismo. Un ciego de nacimiento ve.
Dios es el único que tiene libre acceso al campo intelectual, afectivo u orgánico nuestro, y puede extender o restringir a su voluntad su acción, multiplicando o suspendiendo fuerzas.
Y Cristo es la imagen del Dios invisible. Él ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra, y todo le está sometido.
Esta luz queremos aceptar.
¿No nos dijeron, acaso, en el bautismo: recibe la luz de Cristo?
Porque buscar luces propias, falsas chispas divinas en la naturaleza, llamas de conocimiento meramente humano para salvarnos es permanecer en tinieblas.
El que ha dicho: Yo soy la Luz del mundo, reparte amaneceres en el que cree. Luce su poder restaurador. Trae al alma el cielo, que es nuestro verdadero futuro. Come con nosotros conservándose presencia que alimenta. Ilumina sin fatigar. Se hospeda como amigo y confidente. Reina sin ruido ni ostentación. Abre los ojos. Limpia la mirada. Cura. O renueva pidiendo fe.
¿Crees en el Hijo del hombre?, le había preguntado Jesús al ciego.
¿Y quién es, Señor, para que pueda creer en él?
Es el que está hablando contigo, le contestó Jesús.
Entonces, aquel hombre, el que había perdido la ceguera, y había nacido a los colores y a las formas, y ya estaba gozando del inefable rostro del Señor, también, ahora amanecía a la fe.
Creo, contestó. Creo. Y lo dijo postrándose. Porque la verdadera fe abaja ante la grandeza y el poder del Dios verdadero. Amén.

 
Padre Gustavo Seivane

lunes, 24 de marzo de 2014

La sed salpica fatigas.... Sobre el pasaje evangélico de la Samaritana


 
La sed salpica fatigas. Trae jadeo, debilidad, obnubilación.
Pero la sed que acusa una garganta es sólo una forma posible de la sed.
Porque todos comprendemos, medianamente, que hay una sed de felicidad, sed de conocimientos, sed de descanso, sed de belleza, sed de amparo, sed comprensión, sed de reconocimiento, sed de Dios.
Aquí se nos muestra hoy al Dios viviente que fatiga los caminos de los hombres para encontrarlos.
Dios busca. Dios nos busca. Dios se sienta junto al pozo de Jacob, y sediento espera a la samaritana. La quiere encontrar. Libremente quiere abrirle los ríos de agua viva. Quiere Dios, en su Cristo, favorecerle a esta mujer, y a todos los mortales, el descubrimiento de sí misma, el reconocimiento de su sed verdadera, una sed sepultada bajo la falsa saciedad de los licores del mundo.
 Jesús, sediento del agua natural en aquel mediodía, le ofrece a la mujer el agua sobrenatural de la Gracia.
Ofrece lo que puede dar. Puede dar lo que es. ¿Y no es Jesucristo la Fuente de la Vida incorruptible, la Fuente que mana sanando, liberando, perdonando, ordenado, empapando, y nutriendo el corazón de aquel que lo acepta y cree?
De esta Fuente, del Cristo Amor, los labios se mojan y ya corre la salvación.
 La samaritana halla una Fuente inesperada.
Le llegará en aquel mediodía, la hora de un diálogo nuevo, sincero, luminoso, y veraz.
Dialogando con el que saca a luz todas las cosas, se sabrá conocida y restaurada. Mana junto a ella la Verdad que no cansa.
Y ella bebe en el Cristo. Bebe de Dios. Bebe y se refresca, como quien descubriendo lo seco y árido, lo estéril y ajado del propio corazón comienza a revivir.
 Como a nosotros, la habían secado tantas cosas. Días vividos sin fe, horas quemadas en la pereza o el desatino, jornadas o momentos vacío del sabor del Espíritu de Cristo. Porque “el que no junta conmigo desparrama”, dice el Señor.
Jesús hará de su sed una ocasión para darse como fuente.
Él da el paso. El siempre lleva la iniciativa. El amor principia. El amor abre el diálogo.
“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te está hablando”.
Ella, atrevida, osada, no sólo habla con un judío siendo samaritana, sino con un rabí. Algo escandaloso para su tiempo.
Él, misericordioso, cercano a todos, la conduce en una conversación que la va exponiendo a la luz de la verdad. Suavemente le ayuda a emerger de sus sombras. A pasar de la superficie de las palabras al sentido profundo, trascendente.
Hay otra agua. Hay otra sed. Hay otra Fuente. Hay otra Vida.
Hay un agua viva. Hay una sed de Dios. Hay un Cristo que mana la Vida que no acaba, y que por ser infinita lleva todos los profundos nutrientes de restauración, belleza, y libertad espiritual.
 Camino a la Pascua necesitamos un encuentro así con el Señor. Un encuentro fascinante. Pleno de descubrimientos. Signado por la verdadera adoración.
Adorar en espíritu y en verdad.
Es decir adorar inmersos en la misma vida de Dios. Adorar con la nutrición de la gracia. Adorar insertos en los manantiales de esta vida nueva que es Cristo, el Señor.
 Porque si nos encontramos con él junto al pozo de la oración santa, junto al pozo de la verdad, con la sed descubierta. El nos dará a beber de su mismo Espíritu.
Espíritu que refresca con sus aguas de misericordia, fe, magnanimidad, paz…
 El nos sorprenda.
 
Padre Gustavo Seivane

martes, 18 de marzo de 2014

José se entregaba a su humilde tarea...Por Fr. Michel Gasnier

 
En medio, pues, de su familia de Nazaret, José se entregaba a su humilde tarea, preocupado ante todo de agradar a Dios observando la Ley. Vestía como los obreros de su corporación, y llevaba en la oreja, según la costumbre, una viruta de madera. Es de suponer, sin embargo, que su rostro reflejaría su dignidad y, más todavía, su santidad. Bajo sus hábitos artesanos, había unas maneras que llamaban la atención, pues no se solían encontrar entre gentes de su oficio. Tenía en su actitud y en su compostura un no sé qué de digno y sosegado que imponía respeto; en su rostro un aire de dulzura y de bondad, y en sus ojos un mirar limpio y profundo.
Todos, en la comarca, sabían que pertenecía a la casa de David, pero como era sencillo y humilde y jamás hacía valer sus títulos, y por otra parte la modestia de su oficio desdecía de su nobleza de origen, había quien se resistía a creerlo... ¡Ya era tiempo de que Dios viniese en persona a la tierra para revelar a los hombres en lo que consiste la verdadera grandeza!