sábado 21 de enero de 2012

Toda Criatura dotada de razón... Santa Catalina de Siena

Toda criatura dotada de razón posee en sí misma una viña, su propia alma, cuyo trabajador es su libre voluntad durante el tiempo de toda su vida. Pero, en cuanto termina el tiempo, ya ningún trabajo le es posible, ni bueno ni malo. Sólo mientras vive puede trabajar su viña, en la que yo le puse. Y es tan grande la fortaleza que ha recibido este trabajador del alma, que ni el demonio ni otra criatura pueden
arrebatársela si él no quiere.

lunes 5 de diciembre de 2011

El desierto de Juan Bautista bajo el techo de Cristo. Por Dom Esteben Chevevière

Maestro... ¿dónde vives? Venid y lo veréis (Juan 1, 38-39)

Tu pensamiento más familiar ha de ser la gratuidad y eternidad de tu vocación, con su cortejo de gracias. “No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino Yo el que os elegí a vosotros” (Juan 15, 16). “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía...” (Jeremías 1,5). “Yavé me llamó desde antes de mí nacimiento, desde el seno de mi madre me llamó por mi nombre” (Isaías 49,1). Cf. Gálatas 1, 15 - San Pablo.
Tan verdad lo es de ti como de Jeremías, Isaías, Juan Bautista, San Pablo. Tu convocatoria al desierto es eterna como todo lo que te concierne, y trae su origen de una preferencia inexplicable del amor de Dios para contigo. Por toda la eternidad cantarás el privilegio de tamaña misericordia del Señor.
Cualesquiera sean las circunstancias y los motivos personales conscientes que determinaron tu resolución, es el Espíritu Santo el que te ha traído al desierto, como lo hizo con Jesús (Mateo 4, 1). En realidad, fue el caso del Precursor. Dios te guardaba a la sombra de su mano (Isaías 49,2), esa mano de padre que te ha modelado, que levanta en tu derredor un muro defensivo, que te dispensa su gracia, te estrecha en la ternura de su abrazo. Esa mano te separa y te consagra. Te separa de lo profano y te consagra al servicio exclusivo de su amor. Te preserva de la cercanía indiscreta de las criaturas, te defiende contra ti mismo, tan propenso a tenderles los brazos. Su contacto te vivifica, purifica y caldea. A El sólo debes todas tus riquezas naturales y sobrenaturales. El desierto del ermitaño no es un calabozo enloquecedor donde se le somete a completa incomunicación. Sea tu fe bastante para vivir la realidad de que eres “el niño llevado a la cadera y acariciado sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo” Dios te consuela (Isaías 66,12-13). Entonces “latirá de gozo tu corazón y tus huesos reverdecerán como la hierba” (ib. 14).
Como el Precursor, tú has sido querido para Cristo, no sólo en el sentido en que entiende San Pablo que todos los elegidos han sido predestinados (Efesios 1,4), antes bien para no tener aquí abajo otra razón de ser que el amor y la glorificación de Jesús. Eres más que el amigo del Esposo. Tu alma es realmente la Esposa y puedes tomar como propias las efusiones del epitalamio místico del Cantar de los Cantares: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí” (6,3).
San Juan no vivió en la intimidad de Cristo. Más dichoso que él eres tú, que posees la Eucaristía y conoces todas las maravillas de la gracia.
Puedes con todo derecho esperar recibir “el beso de la boca”, prometido a quienes lo dejan todo por seguirle, y el desierto se tornará “en jardín con macizos de balsameras” donde el Amado “se recrea entre azucenas” (Cantar de los cantares 6 2-3). En este sentido “el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él” (Mateo 11, 11).
Ten buen cuidado de no quitarle al Eremitorio su sello de austeridad. Por aquello de que la contemplación es el ejercicio más excelente de la caridad, viene a veces con
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fuerza la tentación de poner en sordina la rudeza de vida de que todos los anacoretas han dado ejemplo. Juan Bautista, puro como el que más, no le daba al cuerpo sino lo estrictamente necesario para no morir.
El mundo está necesitado de expiación y tú mismo no estás sin pecado, ni sin tendencias perversas. Si el Precursor hubiera asistido a la Pasión, habría ardido en deseos de seguir al Esposo hasta el martirio. Le fue dada, sí, la gracia de derramar su sangre, pero sin el resplandor de la cruz que a ti te ilumina. Dichoso tú si el Eremitorio te cercena hasta el máximo ese confort que tanto hambrea el sentido moderno. El ahorro de tiempo, la superioridad del rendimiento, la liberación del espíritu, no son con frecuencia sino coartadas.
El Ermitaño no tiene en absoluto por qué acompasar el ritmo de su vida a la carrera desbocada de un mundo cuya escala de valores es la inversa de la suya. ¡Se nutre de eternidad!
En la esfera de lo temporal no tiene deseos, sólo tiene necesidades; aprenda a no forjárselos. La incomodidad en todo te debe ser familiar; el “puedo prescindir” ha de regular tus instalaciones y tus reclamaciones. Más vale que la obediencia sea para ti freno que no estímulo. El desierto natural se subleva contra toda sensualidad; por eso son tan pocos sus amadores. Pero los que se han dejado seducir saben por experiencia que de un cuerpo tratado con dureza, el espíritu emerge en la pureza y en la luz. Sin ese gusto por las austeridades ¿ cómo serías sucesor de los mártires?
Ojalá puedas merecer el elogio del Bautista hecho por Jesús: “Juan era la antorcha que arde y luce” (Juan 5,35) (lucerna ardens et lucens). Según arde y se consume, el Ermitaño ilumina como la lámpara del sagrario.
Se consume mediante la pureza que sofoca los apetitos carnales, se consume por la penitencia, que le lleva a renunciar a las fuentes de alegría de los hombres. Se consume sobre todo por el amor que es un fuego. El ardor de esa llama, avivada por el Espíritu Santo ha gastado hasta el cuerpo de los místicos y liberado el alma de la Santísima Virgen de sus lazos terrenales. Tu pasión ha de ser Jesucristo y el celo de su gloria en ti y en los demás.
Quizá obtengas el languidecer tras su venida y apropiarte el gemido de la Esposa en el Apocalipsis: “¡Ven!” Entonces se te dirá: “El que tenga sed que venga; el que quiera, que tome gratuitamente el agua de la vida” (Apocalipsis 22,17). El vacío, la aridez, la austeridad del desierto activan el paso por la pista que conduce .a la tierra del descanso. En un instante Juan olvidó las penalidades de los años duros de su preparación, cuando vio ante sus ojos al “Cordero de Dios”, cuyos caminos el allanaba (Juan 1,23). Entonces su único anhelo fue: “Es necesario que El crezca y que yo mengue” (Juan 3,30), no sólo en renombre sino aun en su ser espiritual, al presentir el sublime ideal que formulará San Pablo: “Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20). Así acaba por consumirse divinizándose la pequeña lámpara.
Para ti la venida del Mesías no es un futuro. Vives bajo el techo de Jesús, cada día te alimentas de su carne, su vida te anima, su Espíritu te guía y estimula, con El estás muerto y resucitado. ¿Por qué tu caridad iba a quedar en un poco de rescoldo? La única explicación de la vida eremítica es ésta: un gran amor requiere la máxima soledad. Tal será tu programa. En el Cuerpo Místico de Cristo te corresponde ser el corazón. Si eso no, ¿qué eres tú, que ni tienes obras, ni predicas, ni administras siquiera los Sacramentos?
Tu vida escondida habla al mundo, mas no será luz para él sino, precisamente, en cuanto brote de un amor concentrado. El Precursor fue un testigo sin igual de Jesucristo a quien tenía por misión señalar: Ecce, “Helo aquí. También tú en la Iglesia y de cara al mundo eres su testigo; pero lo que en ti habla no es lengua, es tu
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estado, tu mismo ser. Vives superiormente la doctrina, el ejemplo de Jesucristo, y el ardor de tu fe en acto obliga a pensar en la trascendencia de Aquel que la inspira: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre celestial” (Mateo 5,16). Si, conforme al designio divino, tu vida reproduce la imagen perfecta del Hijo, por el hecho mismo evoca el modelo (Romanos 8,29). Haces realidad el dicho de San Pablo: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos los sufrimientos mortales de Jesús, a fin de que .también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Corintios 4, 10).
Jesús es Dios, y, por tanto, eres el testigo de Dios que se refleja en ti como en un espejo (2 Corintios 3,18). Por tu renuncia de las criaturas proclamas su nada frente al ser de Dios. Por tu sacrificio de los goces que ellas te procuran, pregonas la suficiencia de Dios, soberana felicidad. Por tu aplicación exclusiva a la oración, publicas su infinita Majestad y su Soberanía. Y tu testimonio es de tanto mayor alcance cuanto tu vida está más oculta y silenciosa en la contemplación de esta sobrecogedora trascendencia de Dios.
Su irradiación sobrepuja infinito el conocimiento que de ella alcanzan los hombres. Al testimonio no le basta ser dado, tiene que ser acogido. No es cuestión de reportaje, es cuestión de gracia. Sólo .Dios abre los ojos a la luz. Por brillante que sea, el ciego no la percibe. El Verbo venido a este mundo “era la luz de los hombres, y la luz ha brillado en las tinieblas y las tinieblas no han podido alcanzarla” (Juan ,15). Con oración y sacrificios merecerás a los demás la gracia de ser dóciles al testimonio. Mucho predicó Jesús; atribuye el fruto de su apostolado a la oblación muda del Calvario: “Cuando fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí” (Juan 12,32).
Eres verdaderamente un precursor que abre camino. Pero te hace falta una fe que traslada montes para creer en semejante eficiencia en un contexto vital tan modesto y descarnado.
Juan creyó en su misión; cree tú en la tuya. No se buscó a sí mismo; nada hizo por dejar su soledad y deslizarse en el séquito privilegiado de Jesús. Amigo del Esposo como era, se regocijó del júbilo del Esposo, contentándose él con el terrible aislamiento de las mazmorras de Maqueronte, de donde no salió más que para el cara a cara de la eternidad. El que Jesús no le haya llamado al Colegio Apostólico, a la fundación de la Iglesia, a la dicha de su intimidad, no arguye menos amor. De ninguno de los Apóstoles hizo panegírico mayor que del que calificó “más que profeta”. “Oseas aseguró que no ha surgido entre los hijos de mujer uno mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11,9-11). Tenía que ser el modelo alentador de las almas que renunciarían a todo incluso a la suavidad de los favores divinos, para que sea glorificado en ellas y por ellas el Dios mismo de toda consolación. No es poco olvidarse hasta ese extremo y aguantar en el desierto esa suprema austeridad del silencio de Dios, sin que se cuarteen ni la fe ni la esperanza.
El Precursor supo comprender la actitud misteriosa de Jesús respecto de él, y, en la robustez serena de su fe “por Cristo” –tan distante – “abundaba su consolación” (cf. 2 Corintios 1,5). Su felicidad no fue otra que la aurora de la salud del mundo (cf. Lucas 2,29-32). Como no ha recibido ministerio alguno en la nueva economía, se oculta en el silencio de la contemplación. De hecho, el amigo del Esposo es también la Esposa, y desde la Visitación no ha salido de la cámara nupcial en que el Verbo la colma de claridades...
Sea la luz de tu oscuro sendero la máxima de San Juan de la Cruz: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado?’ (Punto de amor, nº 36).

sábado 22 de octubre de 2011

Homilia del Papa Bendicto XVI, en la Cartuja de San Bruno...



Ofrecemos la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el 10 de octubre de 2011 durante el rezo de vísperas en la Cartuja de San Bruno, durante su visita pastoral a Lamezia Terme y Serra San Bruno, en Calabria (Italia).

Venerados Hermanos en el Episcopado,

queridos hermanos cartujos,hermanos y hermanas,

Doy gracias al Señor que me ha traido a este lugar de fe y de oración, la Cartuja de Serra San Bruno. Al renovar mi saludo reconocido a monseñor Vincenzo Bertolone, arzobispo de Catanzaro-Squillace, me dirijo con gran afecto a esta comunidad cartuja, a cada uno de sus miembros, a partir del Prior, padre Jacques Dupont, a quien doy las gracias de corazón por sus palabras, pidiéndole que haga llegar mi pensamiento grato y bendiciente al Ministro General y a las Monjas de la Orden.

Quisiera ante todo subrayar que esta visita mía se pone en continuidad con algunos signos de fuerte comunión entre la Sede Apostólica y la Orden Cartuja, que han tenido lugar durante el siglo pasado. En 1924 el Papa Pío XI emanó una Constitución Apostólica con la que aprobó los Estatutos de la Orden, revisados a la luz del Código de Derecho Canónico. En mayo de 1984, el beato Juan Pablo II dirigió al Ministro General una Carta especial, con ocasión del noveno centenario de la fundación por parte de san Bruno de la primera comunidad en la Chartreuse, cerca de Grenoble. El 5 de octubre de ese mismo año, mi amado Predecesor vino aquí, y el recuerdo de su paso entre estos muros está aún vivo. En la estela de estos acontecimiento pasados, pero siempre actuales, vengo hoy a vosotros, y quisiera que este encuentro nuestro pusiera de relieve un vínculo profundo que existe entre Pedro y Bruno, entre el servicio pastoral a la unidad de la Iglesia y la vocación contemplativa en la Iglesia. La comunión eclesial de hecho necesita una fuerza interior, esa fuerza que hace poco el padre prior recordaba citando la expresión "captus ab Uno", referida a san Bruno: "aferrado por el Uno", por Dios, "Unus potens per omnia", como hemos cantado en el himno de las Vísperas. El ministerio de los pastores toma de las comunidades contemplativas una linfa espiritual que viene de Dios.

"Fugitiva relinquere et aeterna captare": abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro Fundador dirigió al Preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cfr Carta a Rodolfo, 13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme" (Mt 19,21). Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4). La visita del Sucesor de Pedro a esta histórica Cartuja pretende confirmar no sólo a vosotros, que vivís aquí, sino a toda la Orden en su misión, de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.

El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque un ruido de fondo permanece siempre, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años Sesenta: la virtualidad, que corre el riesgo de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado un nivel tal que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad.

He querido aludir a esta condición sociocultural, porque esta pone de relieve el carisma específico de la Cartuja, como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad. Lo resumiría así: retirándose en el silencio y en la soledad, el hombre, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente “vacío” que señalaba antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que exista, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras... Dios, Creator omnium, atraviesa todo, pero está más allá, y precisamente por esto es el fundamento de todo. El monje, dejando todo, por así decirlo, “se arriesga”, se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa más que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre.

Alguno podría pensar que sea suficiente con venir aquí para dar este “salto”. Pero no es así. Esta vocación, como toda vocación, encuentra respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. No basta, de hecho, con retirarse a un lugar como éste para aprender a estar en la presencia de Dios. Como en el matrimonio, no basta con celebrar el Sacramento para convertirse en una cosa sola, sino que es necesario dejar que la gracia de Dios actúe y recorrer juntos la cotidianeidad de la vida conyugal, así el llegar a ser monjes requiere tiempo, ejercicio, paciencia, “en una perseverante vigilancia divina – como afirmaba san Bruno – esperando el regreso del Señor para abrirle inmediatamente la puerta" (Carta a Rodolfo, 4); y precisamente en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: dar tiempo a Dios de actuar con su Espíritu y a la propia humanidad de formarse, de crecer según la medida de la madurez de Cristo, en ese particular estado de vida. En Cristo está el todo, la plenitud; necesitamos tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. Podríamos decir que éste es un camino de transformación en el que se realiza y se manifiesta el misterio de la resurrección de Cristo en nosotros, misterio al que nos ha remitido esta tarde la Palabra de Dios en la lectura bíblica, tomada de la Carta a los Romanos: el Espíritu Santo, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cfr Rm 8,11), es Aquel que realiza también nuestra configuración a Cristo según la vocación de cada uno, un camino que discurre desde la fuente bautismal hasta la muerte, paso hacia la casa del Padre. A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo.

¡Por esto he venido aquí, queridos hermanos que formáis la comunidad cartuja de Serra San Bruno! Para deciros que la Iglesia os necesita, y que vosotros necesitáis a la Iglesia. Vuestro lugar no es marginal: ninguna vocación es marginal en el Pueblo de Dios: somos un único cuerpo, en el que cada miembro es importante y tiene la misma dignidad, y es inseparable del todo. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios.

Stat Crux dum volvitur orbis – así reza vuestro lema. La Cruz de Cristo es el punto firme, en medio de los cambios y de las vicisitudes del mundo. La vida en una Cartuja participa de la estabilidad de la Cruz, que es la de Dios, de su amor fiel. Permaneciendo firmemente unidos a Cristo, como sarmientos a la Vid, también vosotros, hermanos cartujos, estáis asociados a su misterio de salvación, como la Virgen María, que junto a la Cruz stabat, unida al Hijo en la misma oblación de amor. Así, como María y junto con ella, también vosotros estáis insertos profundamente en el misterio de la Iglesia, sacramento de unión de los hombres con Dios y entre sí. En esto vosotros estáis también singularmente cercanos a mi ministerio. Vele por tanto sobre nosotros la Madre Santísima de la Iglesia, y que el santo padre Bruno bendiga siempre desde el cielo a vuestra comunidad.

martes 18 de octubre de 2011

Oración compuesta por Santa Gemma

Aquí me tenéis postrada a vuestros Pies Santísimos,

mi querido Jesús, para manifestaros en cada instante

mi reconocimiento y gratitud por tantos y tan contínuos favores

como me habéis otorgado y que todavía queréis concederme.

Cuántas veces os he invocado, ¡oh Jesús!,

me habéis dejado siempre satisfecha;

he recurrido a menudo a vos,

y siempre me habéis consolado .

¿Cómo podré expresaros mis sentimientos amado Jesús?

Os doy gracias ... pero otra gracia quiero de Vos.

¡Oh, Dios mío! , si es de vuestro agrado ...

(Aquí se manifiesta la gracia que se desea conseguir).

Si no fuérais Todopoderoso no os haría esta súplica .

¡Oh Jesús!, tened piedad de mí.

Hagase en todo vuestra santísima Voluntad.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

miércoles 28 de septiembre de 2011

No dejes de orar....Por Santa Angela de Foligno


Hijo mío querido, deseo ardientemente que tú renazcas y te renueves. Deseo que apartes totalmente de ti toda pereza y toda negligencia; deseo también, hijito mío, que no dejes de orar y velar y hacer toda obra buena, tanto si te fuere quitada la gracia como si la poseyeras.
Es cosa buena, hijo mío, y muy agradable a Dios que con el fervor de la gracia divina tú ores y veles y trabajes y te esfuerces en toda obra buena; pero es más grato y agradable a Dios si, al disminuir la grada de Dios o al serte quitada, no reduces tus oraciones, tus vigilias y las demás obras buenas.
Realiza sin la gracia las mismas cosas que realizabas con la gracia. De tal manera, hijo mío, si el ardor del fuego divino te solicita y te apremia a veces a orar, velar y obrar, cuando a Dios agrade quitarte ese ardor o ese fuego, por culpa tuya, como sucede a menudo, o para que su gracia en ti se dilate más y aumente, entonces debes esforzarte lo mismo por no rezar menos, ni velar menos, ni disminuir tu empeño en toda obra buena.

miércoles 21 de septiembre de 2011

La virginidad...Por Santa Teresa del Niño jesús

«La virginidad es un silencio profundo de todas las preocupaciones de la tierra». No sólo de las preocupaciones inútiles, sino de todas las preocupaciones. Para ser virgen, no hay que pensar más que en el Esposo, que no admite a su lado nada que no sea virgen, «pues quiso nacer de una madre virgen, tener un precursor virgen,un tutor virgen, un amigo predilecto virgen, [2rº] y finalmente un sepulcro virgen».

lunes 19 de septiembre de 2011

El silencio... Por Madeleine Delbrél



Me parece imposible pensar en una vida evangélica sin querer que sea una vida de silencio y sin saber que ha de serlo.

Si señalamos de un extremo al otro del Evangelio todo lo que Jesús dijo sobre la «Palabra» de Dios, todo lo que dijo para que sea «recibida» y «escuchada», para que sea «guardada», para que «se cumpla» y para que sea «anunciada», enseguida tendremos la certeza de que la «buena nueva», para que sea conocida, vivida y comunicada, ha de ser acogida, recogida, llevada a lo más profundo de nosotros.

Y si es toda nuestra vida la que debe someterse al Evangelio de Jesucristo, si son todas sus palabras las que queremos tomar como guías en función de las circunstancias de la vida, será imposible si toda nuestra vida no hace silencio.