Yo deseo que el alma, ante todo, se conozca a sí misma, como lo exige el sentido de utilidad y la lógica del orden. El orden, porque nosotros somos los primeros interesados; y nuestro bien, porque ese conocimiento no infla, humilla; es una disposición previa para nuestra edificación. No podría mantenerse nuestro edificio espiritual, si no es sobre el cimiento sólido de la humildad. Y para humillarse a sí misma no encontrará el alma nada tan estable y apropiado como encontrarse a sí misma en la verdad. Con una condición: que no encubra nada, que su espíritu sea sincero, que se coloque ante su propio rostro, que no huya de sí misma de repente. Si se contempla a la luz clara de la verdad, ¿no se encontrará alejada en la región de la desemejanza, suspirando al ver su miseria e incapaz de ocultar su verdadera situación? ¿No clamará al Señor con el Profeta: Me has humillado con la verdad?
San Bernardo. Sermón 36. Sermones sobre el Cantar de los Cantares.

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