La devoción a Santo Domingo de Guzmán. Por Fr. Marie-Étienne Vayssière

8 de agosto día de Santo Domingo de Guzmán
Conocemos el maravilloso retrato de Domingo trazado por la hermana Cecilia: “Su talla era común, bien proporcionado, su cuerpo delicado y ágil, su rostro bello, abundantes cabellos y barba de rubio intenso; de su frente, entre las cejas, brotaba una claridad radiosa que atraía el respeto y el amor; siempre estaba alegre, de buen humor, salvo cuando estaba emocionado por alguna aflicción del prójimo; tenía manos alargadas y bellas, una voz noble y sonora; tenía su corona de religioso íntegra, salpicada de algunos cabellos blancos. La misma mano del Creador había moldeado este cuerpo delicado y lo había enriquecido con su gracia con el fin de que fuera, para el Espíritu Santo, un santuario digno de sus dones y de sus operaciones”. 
El retrato que el Beato Jordán traza del Bienaventurado Padre no es menos atractivo: “Había en él —dice— tal pureza de Vida, un movimiento tan grande de fervor divino, un impulso tan impetuoso hacia Dios que era verdaderamente un vaso de honor y de gracia. Nada perturbaba jamás el equilibrio de su alma, sino la compasión por los males del prójimo. La belleza y la alegría de sus rasgos trasuntaban su serenidad interior que ni el menor movimiento de cólera oscureció jamás; su bondad ganaba todos los corazones; apenas se lo veía, uno se sentía irresistiblemente atraído hacia él; acogía a todos en el seno de su caridad; amaba a todos los hombres, era amado por todos; daba la noche a Dios y el día al prójimo. Nada le parecía más natural que regocijarse con los que estaban en la alegría y llorar con los que lloraban; nunca hubo en su conducta la sombra de una simulación; nada igualaba la simplicidad de su corazón; ¿quién podrá jamás alcanzar la virtud de este hombre? Mucho podemos admirarlo, pero poder lo que él pudo, reproducir lo que hizo, sólo pertenece a una gracia singular que solo Dios da a aquellos que quiere elevar a las alturas de la santidad”.
 La gloria humana de Santo Domingo: 
¿Puede uno, por tanto, sorprenderse de la irresistible seducción ejercida durante su vida por Santo Domingo? ¿Y no es todavía el secreto de su ascendiente, en el curso de los siglos, hasta nuestros días? De la misma manera que el perfume celeste en el momento del traslado de sus reliquias, embriago de inefables delicias a los que fueron testigos, el aroma de su santidad y la dulzura de su gracia no han cesado a través de las edades, de atraer y conquistar almas. Allí está la historia para decírnoslo, en la diversidad de sus voces: voces de los Papas y grandes de la tierra, voces de los pequeños y humildes, voces de los pueblos, voces de la poesía, de las artes, de la elocuencia, voces de todo lo que puede, aquí abajo, vibrar y cantar: todo se une para celebrar a Domingo y hacernos ver en el uno de los más altos mensajeros del amor divino en la tierra, uno de los Patriarcas más venerados con que se honra la Iglesia.
 Pero, ¿lo diré?, esta gloria humana, esta admiración y estas simpatías, por más que despierten un gozoso orgullo en el corazón de sus hijos, no podrían ser el verdadero fundamento de nuestra devoción y la fuente profunda de nuestro amor y de nuestra confianza. La gloria de Santo Domingo tiene un origen más alto y debe establecerse sobre un fundamento más sólido. La verdadera gloria de los santos aparece sobre todo en el culto con que la Iglesia los honra y este culto se mide por la irradiación de la vida divina en su corazón y en la misión sobrenatural de la cual están investidos.
Fuente: Fr. Marie-Étienne Vayssière OP, La devoción a Santo Domingo.

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