Nosotros andamos con el que sabe...

Nosotros andamos con el que sabe. Somos sus discípulos. Él es el Maestro. Con lo sabido nuestro Maestro y Señor realiza su obra. Nos llama y nos da camino. Nos modela. Nos comunica su Espíritu. Nos habla vivificándonos. Busca hacer vergeles de nuestros desiertos. Ama la Vida. Es la Vida misma dándose. Nos destina conociéndonos. Y sabiendo todo de nosotros nos ama y espera. Anda con nosotros, los pecadores, queriéndonos levantar a mejor vida. Que crezca el bien en nosotros es su voluntad en acción. Nuestra felicidad es la unión con él. El sabe que para él todo es posible. Nosotros debemos creerlo más y más.
Como Pedro reconocemos en Jesús al Santo de Dios. Al que tiene y comunica palabras de Vida eterna. Palabras con espíritu. Con soplo vital. Con aliento sobrenatural. Con un insuflar divino que rebosa luz en el entendimiento. Que provoca lo firme. Que afirma en la Verdad. Que mueve a amar la Verdad.
Sin embargo, nos desalineamos de Cristo. Solemos perdernos de su belleza. Nos salimos de su Camino. Nos desolamos.
¿Porqué los pozos de la amargura si está el Pan dulce de Dios para consolarnos? ¿Porque una vida triste si Cristo vive? ¿Porqué ese agujero en el pecho si se nos ofrece la inmensa infinitud de la vida en Dios?
Pueden sucederse preguntas, pero que no cesen ni la fe ni la búsqueda espiritual.
Jesucristo es digno de fe y amor. Y él, el autorizado por la fe, nos dice que todo aquel que busca encuentra, y que al que llama se le abre.
Músicas preciosas, formas de conmovedora belleza, leyes, colores y movimientos, seres pequeñísimos y distancias asombrosas, texturas,  profundidades, emociones, glorias del conocimiento, santos, ríos de actos simples y heroicos. Es la vida. El don maravilloso de ser. De proceder de Dios. De poder amarlo. De dejarnos tocar por su Cristo.
Y es el Señor de todos los mundos, de todo lo visible e invisible, el que quiere no solo impregnar de su gracia toda nuestra vida, sino de convertirla, hacerla santa, elevarla, divinizarla, darle participación en su eterna felicidad.
Ahí, viene el pan bajado del Cielo. La Presencia amorosa del Señor. El que ha querido quedarse con nosotros, no para que arrastremos el vivir, sino para dejarselo a él glorificarlo.
La oración es una conservadora de la gracia recibida, una cuidadora de las semillas de Dios, una vigía para alejar peligros. Es el amor mismo, como vía, canal, curso con Dios, los hombres, y lo creado.
La oración sostenida. El aprendizaje contínuo. La devoción cultivada.
Eso necesitamos. Oremos y gustaremos lo que este Pan trae y es. Oremos en el silencio, y con cantos, con los salmos, con las oraciones de la tradición, con otros, solos, junto a imágenes, encendiendo cirios, llevando flores, visitando santuarios, quedándonos junto al Sagrario, de rodillas, o de pie. Pero hagamos de la semana una cinta de oraciones. Que la vida cotidiana no quede afectada por los solos asuntos del mundo, que estos reciban su limitado lugar, que no sequen el alma, y que el alma se abra a Dios, y que aumente el hambre del Pan eucarístico.
Y el domingo sea Resurrección... Renovado encuentro con el Señor Resucitado.
“Sólo tú tienes palabras de Vida eterna”, le dijo Pedro a Jesucristo.
Lo que Jesucristo procura es darse. Su darse es nuestra eucaristía. La eucaristía es la entrada, la comunión con el que vence lo que se opone a la Vida, al amor, al camino bienaventurado, a los bienes que no acaban.
Puede el Señor lo que nadie puede.


                                         Padre Gustavo Seivane

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