jueves, 10 de abril de 2014

Cuando el sacerdote alza el cáliz/ Por Leon Bloy




Cuando el sacerdote alza el cáliz para recibir la Sangre de Cristo, cabe imaginar el inmenso silencio de toda la tierra que el adorador supone colmada de espanto en presencia del Acto indecible que pone de manifiesto la inanidad de todos los demás actos, equiparables al punto a vanas gesticulaciones en las tinieblas.
La más horrible y cruel injusticia, la opresión de los débiles, la persecución de los presos, el mismo sacrilegio y hasta el desencadenamiento consecutivo de las lujurias del Infierno, todas esas cosas, en ese instante, se diría que dejan de existir, pierden su sentido si se las compara con el Acto Único. No queda más que la avidez de sufrimientos y la efusión de las lágrimas espléndidas del gran Amor, anticipo de la beatitud para los novicios del Espíritu Santo que han fijado su morada en el tabernáculo del olímpico Desprecio de las apariencias todas de este mundo.

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