La Inmacula Concepción....Por el Beato Francisco Palau.

La inmaculada.
"Tota pulchra es, sponsa mea, et macula non est in te"
En la vigilia de la Concepción, a la claridad de la luna, bajé al fondo del torrente y me paseaba solo. Vi una sombra a mi lado que me seguía, y la sombra aludía a una realidad.
"Yo te felicito en unión con toda la Iglesia militante, oh María, Madre de Dios, por haberte el Señor formado tan bella, tan pura, tan perfecta cual convenía a la que había sido destinada para ser para el hombre, mísero viador, un tipo acabado y una figura donde viera bajo el velo del enigma, la Iglesia santa"
Esto decía en mi interior. Y la sombra tomó tal claridad, que parecía la luz misma de la luna centrificada allí; era blanca como la misma luz. La sombra era una figura, y esa figura era la especie de una joven, clarificada, sin tachas ni arruga, virgen siempre pura. Yo estaba atento cuanto es lícito a un hombre viador, mi vista fija hacia la figura; y porque la luz era no del sol sino de la luna, se dejaba mirar. La sombra callada, y yo no osaba a interrogarla.
Mi corazón, no pudiendo contener sus ímpetus de amor:
-¡Huye!-dije a la sombra-, vete  ¡oh hermosa mía! ¿Cuándo te veré sin sombras ni figuras, sin velos, ni enigmas, cara a cara? ¡Virgen purísima, Iglesia santa, abre tu corazón y recibe en tus brazos a este pobre peregrino sobre la tierra!
Y yo miré esa imagen, y vi entonces en María a mi amada: vi la Iglesia santa. En Cristo, su Cabeza, contemplé su inmensa e incomparable belleza, y en las fisonomías, la cara e imagen del mismo Dios. "¡ Qué eres bella, decíale a mi corazón, en arrebatos de amor!" . ¡Qué eres pura, oh Virgen amada, qué eres amable!" - Miré su cuerpo- ¡Qué eres perfecta, qué hermosa, Esposa mía! Son partes y miembros de este Cuerpo las jerarquías y coros celestes, unidos a ellos las almas glorificadas y los justos e la tierra: estos miembros, unidos a Cristo, su Cabeza, forman el Cuerpo de mi amada.

Fuente: Francisco Palau. El año del Señor. Según los santos del Carmelo. Burgos, Monte Carmelo, 1991. 378-379.

Comentarios