Sagrado Corazón de Jesús. Por Santa Teresa del Niño Jesús.

 AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Junto al sepulcro santo,
María Magdalena, en lágrimas deshecha,
se arrodilló en el suelo, buscando a su Jesús.

Los ángeles vinieron a suavizar su pena,
pero no consiguieron suavizar su dolor.

Luminosos arcángeles,
Mas no era vuestro brillo, luminosos arcángeles
lo que esta alma ardiente venía aquí a buscar.

Ella quería ver al Señor de los ángeles,
tomarle en sus brazos y llevarle muy lejos.

Junto al sepulcro santo ella quedó la última,
y al sepulcro volvió antes de amanecer.

Su Dios se hizo también
presente, aunque velando su presencia,
no pudo ella vencerle en la lid del amor...

Cuando llegó el momento,
desvelándole él su faz bendita
envuelta en propia luz,
brotóle de los labios una sola palabra,
fruto del corazón.

Jesús el dulce nombre murmuró de: «¡María!»
y devolvió a María la alegría y la paz.

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 Un día, mi Señor, como la Magdalena,
quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.

Se abismó mi mirada por la inmensa llanura
a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.

Al ver la flor y el pájaro,
el estrellado cielo y la onda pura,
exclamé arrebatada:
«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,
no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

«Necesito encontrar
un corazón que arda en llamas de ternura,
que me preste su apoyo sin reserva,
que me ame como soy, pequeña y débil,
que todo lo ame en mí,
y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura
capaz de amarme siempre y de nunca morir.

Yo necesito a un Dios que, como yo, se vista
de mi misma y mi pobre naturaleza humana,
que se haga hermano mío  y que pueda sufrir.

Tú me escuchaste, amado Esposo mío.

Por cautivar mi corazón, te hiciste
igual que yo, mortal,
derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,
y, por si fuera poco,
sigues viviendo en el altar por mí.

Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro
ni tu voz escuchar, toda dulzura,
puedo, ¡feliz de mí!,
de tu gracia vivir, y descansar yo puedo
en tu sagrado corazón, Dios mío.

 ¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,
tú eres mi dicha, mi única esperanza!

Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,
quédate junto a mí hasta que llegue
la última tarde de mi día aquí.

Te entrego, mi Señor, mi vida entera,
y tú ya conoces todos mis deseos.

En tu tierna bondad, siempre infinita,
quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos
carecen de valor a tus divinos ojos.

Para darles un precio,
todos mis sacrificios echar quiero
en tu inefable corazón de Dios.

No encontraste a tus ángeles sin mancha.

En medio de relámpagos tú dictaste tu ley

¡Oh corazón sagrado, yo me escondo en tu seno
y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú !

Para poder un día contemplarte en tu gloria,
antes hay que pasar por el fuego, lo sé.

En cuanto a mi me toca, por purgatorio escojo
tu amor consumidor , corazón de mi Dios.

Mi desterrada alma, al dejar esta vida,
quisiera hace un acto de purísimo amor,

y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,
¡entrar ya para siempre
en tu corazón...!

Comentarios

  1. Me quedo con ese gran deseo que comparto: hacer todo para poder ¡Entrar para siempre en tu corazón!
    El poema que nos compartes es maravilloso.
    Un abrazo.

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