¡Daos a mí, Dios mío.... San Agustín.

¡Daos a mí, Dios mío; restituidos a mí! Ved que os amo, y si es poco, haced que os ame con más fuerza; porque no puedo medirlo para saber cuánto me falta de amor, para tener lo que basta para que mi vida corra a vuestros abrazos, y de ellos no se separe hasta esconderse en lo escondido de vuestra faz (Ps. 30, 21). Esto sólo sé, que sin Vos me va mal, no sólo fuera de mí, sino aun dentro de mi mismo; y que toda abundacia que no es mi Dios, es indigencia.
Confesiones de San Agustín, Lib. XIII, Cap 8, n° 9.

Comentarios

  1. Recuerdo que la primera vez que leí "La Confesión" de San Agustín me produjo gran impresión y pensé: ¿Qué puede llevar a una confesión pública de esta dimensión, el amor?. Para esta pregunta solo tengo una respuesta: La mejor cirugía para un alma enamorada, es la confesión pública de la vida pasada, cirugía que por otro lado, no tiene post operatorio, y con la que el alma queda totalmente restituida e inflamada en amor.

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  2. Es verdad no hay nada mejor para un alma enamorada que proclamar públicamente aquellas cosas con las que ofendió a Aquel que ama con toda su alma. Esto me recuerda a las confesiones publicas que suelen hacer, aun hoy, algunas congregaciones en la que las hermanas dicen en voz alta sus pecados, como un modo de humildad. No podemos unirnos a nuestro Señor sin humillarnos y ser menospreciados nos toca la misma herencia que recibió Aquel al que seguimos y amamos.
    Gracias por tu comentario.
    En comunión de oraciones,

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