jueves, 7 de mayo de 2009

El Desierto. Por Un Monje

"La seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2,16).
Racia de predilección es la que Dios te da con traerte al Desierto. Gratuito es el llamamiento y tu perseverancia se la deberás únicamente a la condescendencia divina. Ten siempre ante los ojos esa fineza del amor de Dios para con tu alma y la irás estimando gradualmente. Pese a tus lecturas y a lo que llamas tu experiencia, no sabes, al entrar, lo que la soledad del Desierto te reserva.
Aquí, como en todas partes, no hay dos almas que sigan exactamente la misma pista; Dios no se repite en sus creaciones. Muy pocas veces (tal vez nunca) revela por adelantado sus designios.
Entra en el Desierto, humilde y sosegado. Al Dios que te espera, la única cosa de valor que le has de presentar es tu entera disponibilidad. Cuanto más ligero sea tu equipaje humano, cuanto más pobre seas de lo que estima el mundo, mayor será tu oportunidad de éxito, ya que Dios gozará de mayor libertad para manejarte. Te llama a vivir a solas con él solo: a nada más.
La acción directa sobre los hombres, aunque sea por la pluma, para nada entra en las perspectivas intencionales del Desierto. Luego has de consentir en perderte enteramente. Si abrigas el secreto deseo de ser o hacerte "alguien", vas derecho al fracaso. El Desierto es implacable: expele infaliblemente a todo el que se busca a sí mismo.
Entra en él en santa desnudez...


Cartuja de Miraflores. Escritos Cartujanos. El Eremitorio. Espiritualidad del desierto

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