El corazón divino de Jesús,
ardiente de amor por nosotros, pecadores, nos da como Madre y protectora a su
propia Madre, la más graciosa, más amante, más santa entre los santos y los
ángeles. A ella no le puede rechazar nada, porque es su Madre,
incomparablemente digna y querida. Le ha dado un tan gran corazón que le es
imposible no ver la más pequeña lágrima sobre la tierra, no preocuparse por la
salvación y santificación de cada ser humano.
He aquí el puente dispuesto hacia el sagrado
corazón de Jesús. Si alguien ha caído en el pecado, ha sido atrapado por el
vicio o despreciado las gracias de Dios, no sigue los buenos ejemplos, no
presta más atención a las inspiraciones salvíficas para devenir digno de nuevas
gracias, ¿debe desesperar? ¡Jamás! Ya que Dios le dio una Madre. Madre que con
corazón tierno, vela sobre cada uno de sus actos, de sus palabras y
pensamientos. Ella no mira si es digno de la gracia de la compasión. Como ella
es esencialmente Madre de Misericordia, aunque no la llamen, ella se apura a ir
donde hay más miseria en las almas.
En las dificultades, las
tinieblas, las enfermedades, el desánimo, recordemos que el Cielo se aproxima,
cada día está más cerca. ¡Ánimo! Ella nos espera allá para estrecharnos contra
su corazón. Es nuestra Madre más tierna, ahora y siempre, en la vida, la muerte
y la Eternidad. ¡Recordemos esta verdad!
San Maximiliano Kolbe.
Conversaciones espirituales.

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