MEMORIA DE SANTA INÉS
"Ni amenazas de verdugos, ni halagos del pretor, ni seductores ruegos de amigos y allegados, que por última vez le ofrecen brillantes matrimonios, son parte, no digo ya a rendir, pero ni a debilitar la férrea voluntad de Inés, en quien se estrellan los esfuerzos del enemigo, como se estrellan las furiosas olas contra la roca inconmovible, asentada en medio del Océano. Firme en su amor al Esposo Divino, responde a todos con sublime intrepidez : "No puedo cambiar mi propósito, ni quebrantar la fe jurada al que me escogió antes que yo lo eligiera. Y tú dice -volviéndose al verdugo-, descarga el golpe sobre mi cuello. ¿Qué te detiene? ¿Esperas que yo zozobre ante la muerte? ¿Piensas que el amor me liga a este cuerpo, tan amable a los ojos de la carne? No es así; antes lo aborrezco".
Y en acabando el discurso, párase, reza y presenta el cuello al acero, que la temblorosa mano del verdugo no acierta a esgrimir, porque horrorizado de su propia crueldad el sacrificador, palidece con palidez de muerte, y retrocede ante la inocente niña, única valerosa en aquel supremo trance, y así está largo rato suspenso, hasta que al fin descarga el golpe, coronando con la victoria el glorioso combate de la mártir.
¡Magnífica ofrenda sube al Cielo a nuestros ojos! ¡Una sola hostia lleva en dulce hermandad el martirio del pudor y el de la religión, ciñendo la frente de Inés doble aureola: la hoja del mártir que derrama la sangre por Cristo, y la blanca de la virgen, que como cándida azucena se ofrece al Esposo Divino en holocausto de pureza!"
San Ambrosio. Tratado sobre las virgenes.

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