En las diversas circunstancias de
su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su
responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia
humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar
de su padre Herodes, temió ir allá (Mt II, 22.). Ha aprendido a moverse dentro
del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que
él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea.
Así fue la fe de San José: plena,
confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en
una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde
con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a
Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el
cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que
Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea–, estaba iniciando en
el mundo: le redención de los hombres.
Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento
para que todos renovemos nuestra
entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el
Señor.
Cuando se desea sinceramente
vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a
tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es
–a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades–
mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la
entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros:
amar con obras.
San Josemaría Escrivá de Balaguer
. En: Homilía pronunciada por el fundador del Opus Dei el 19 de marzo de 1963.
Publicada en "Es Cristo que pasa"
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