Revivimos la escena en nuestra mente todos los días. Todos los días. Debe grabarse bien esa imagen en nuestra alma. No es tragedia. No es la palabra última. Es el drama de un amor tan grande que las lágrimas no bastan para decir todo el amor que guardan. Las lágrimas de la Madre limpian el rostro del Hijo, y la sangre de Jesús tiñe de oscura púrpura el rostro de la Madre. Las manos arreglan los cabellos, limpian la suciedad y las espinas que los verdugos han clavado en el rostro de Jesús. Besos, más besos. Dios mío, qué dolor. No hay dolor semejante al que me hiere. ¡Ya pasó todo, Hijo, ya pasó! ¡Qué alegría, ya no sufrirás más...! No te preocupes. Yo cuidaré de todos. Tú no me dejes...
Aquella Santa Faz exangüe, sin alma, pero unida a la Divinidad, conservaba —a pesar de los golpes, de los salivazos de los soldados y de las espinas clavadas— una serena y sobrecogedora majestad: ¡Este es verdaderamente el Hijo de Dios! (cf. Mc 15, 39).
P. Antonio Orozco. En Aprender de María. Rialp

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