“Ya entra María en la patria
bienaventurada, y al verla tan hermosa y agraciada los espíritus
bienaventurados, al decir de Orígenes, preguntan a una voz a los que vienen de
fuera: “¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias, apoyada en
su amado?” (Ct 8, 5). ¿Quién es esta criatura tan hermosa que viene del
desierto de la tierra, lugar de espinas y abrojos, pero ella tan pura y llena
de virtudes apoyada en su amado Señor, que se digna él mismo acompañarla con
tantos honores? ¿Quién es? Y responden los ángeles que la acompañan: Esta es la
Madre de nuestro rey y nuestra reina, la bendita entre todas las mujeres, la
llena de gracia, la santa entre los santos, la amada de Dios, la inmaculada, la
paloma, la más bella de todas las criaturas. Y entonces todos los
bienaventurados espíritus, a una voz, comienzan a enaltecerla y celebrarla
mejor que los hebreos a Judit, exclamando: “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú
la alegría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo” (Jdt 15, 10).”
San Alfonso María de Ligorio. Las
glorias de María, parte II, discurso 8, punto 1.

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