"En el pasaje evangélico de
hoy hemos escuchado la narración del encuentro del apóstol Tomás con el Señor
resucitado: al apóstol se le concede tocar sus heridas, y así lo reconoce, más
allá de la identidad humana de Jesús de Nazaret, en su verdadera y más profunda
identidad: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). El Señor ha llevado consigo
sus heridas a la eternidad. Es un Dios herido; se ha dejado herir por amor a
nosotros. Sus heridas son para nosotros el signo de que nos comprende y se deja
herir por amor a nosotros. Nosotros podemos tocar sus heridas en la historia de
nuestro tiempo, pues se deja herir continuamente por nosotros. ¡Qué certeza de
su misericordia nos dan sus heridas y qué consuelo significan para nosotros! ¡Y
qué seguridad nos dan sobre lo que es él: «Señor mío y Dios mío»! Nosotros
debemos dejarnos herir por él.
Las misericordias de Dios nos
acompañan día a día. Basta tener el corazón vigilante para poderlas percibir.
Somos muy propensos a notar sólo la fatiga diaria que a nosotros, como hijos de
Adán, se nos ha impuesto. Pero si abrimos nuestro corazón, entonces, aunque
estemos sumergidos en ella, podemos constatar continuamente cuán bueno es Dios
con nosotros; cómo piensa en nosotros precisamente en las pequeñas cosas,
ayudándonos así a alcanzar las grandes".
S.S. Benedicto XVI. Homilía 15 de
abril de 2007

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