15 de agosto/ Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
La Virgen, hermosamente dormida, presentía que su sueño se aproximaba al término, y que con él acabaría su tiempo en la tierra. El cansancio, ese cansancio que produce la entrega incansable a los que uno tiene cerca; el peso de la corredención; una vida llena de alegrías y de sacrificios; ese cansancio que se nota más cuando uno se relaja del todo, se hacía cada vez más dulce.
Ahora sentía el impulso de cantar
de nuevo aquella oración que brotó de su pecho en casa de Isabel, a impulsos
del Espíritu Santo: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en
Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Porque desde
ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas
grandes el Omnipotente, cuyo nombre es Santo...» (Lc 1, 46). ¡Valía la pena!,
se dijo la Virgen dormida. Valía la pena decir Fiat, aquel Sí al Amor.
En esto, cuando la dulzura del
cansancio había llegado a su colmo, despertó y se halló en el centro amoroso de
la Santísima Trinidad: con Dios Padre, Dios Hijo, con su Humanidad santísima,
fruto de sus entrañas, y Dios Espíritu Santo. Y con su esposo José, atónito
ante tanta hermosura. Y con todos los Ángeles y santos celebrando la gran fiesta
que perdura en el Cielo, en la que hoy, nosotros, hijos de María, participamos también
alborozados.
Esto, ni Ella misma había sido
capaz de soñarlo, lo que desde entonces está viviendo en el Cielo. Porque todos
nuestros sueños, los sueños de las criaturas sobre el Cielo, son sombras de la
grandiosa y fascinante realidad multicolor de la Gloria eterna.
El descanso, el sosiego inefable,
la felicidad inmensa del Cielo, que durante su estancia en la tierra a la
Virgen, como nos sucede ahora a nosotros, le parecía un sueño, ahora es una maravillosa
y realísima realidad. Y lo que había sido tan real en la tierra, las dudas de
José, el desierto, la espada, la sangre derramándose en el Gólgota, ahora todo
eso le parece un sueño, las zonas umbrías del sueño que otorgan relieve, hondura
y belleza al todo.
Algo parecido acontecerá a sus
hijos si nos esforzamos por parecemos a nuestra Madre, si tratamos de «salir a
Ella», si procuramos adquirir sus virtudes: su gran amor a Dios, su vida de
oración, su ponderar las cosas en el corazón, para descubrir algún mensaje de
Dios que, sin duda, todas contienen; su entrega sin reservas a la humanidad entera
desde su hogar de Nazaret; su pureza, su pudor, su reciedumbre ante el
sacrificio, su estar en los detalles, su santificar la vida ordinaria...
Antonio Orozco Delclós. En: "Aprender de María". Madrid. Rialp. 2010. p 133-134.
