22 de agosto, Santa María Reina
No hay lengua humana, ni
angélica, que pueda alabar debidamente a aquella por medio de quien se nos ha
concedido el poder contemplar la radiante gloria del Señor. ¿Pero, acaso por no
ser capaces de proclamar sus alabanzas, habremos de guardar silencio? De
ningún modo ¿Quizás, sin advertir nuestra propia limitación y soltando el freno
de un temor respetuoso nos lanzaremos a hablar de cosas que nos están vedadas?
No hemos de obrar así, por supuesto, antes bien, combinando el respeto con el
deseo, habremos de tejer una corona que, con sagrada reverencia, con mano temblorosa
y con espiritual fervor, ofreceremos humildemente a la que es Reina y Madre y
merece todo el reconocimiento de la humana naturaleza y nuestro más rendido
homenaje.
San Juan Damasceno. Primera homilía
sobre la dormición. Pto 2. En: Homilías
cristológicas y marianas. Madrid. Ciudad Nueva. 2006. 140.
