Recójase
de vez en cuando y póngase en presencia de Dios, como si estuviera en el cielo;
como si se hallara ante el trono del Cordero; imagínese que está viendo al
Santo Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Tales son los medios por
los cuales, con la gracia de Dios, podrá ablandar su corazón con el tiempo, no
de golpe, sino gradualmente; no por su propia fuerza y dominio, sino mediante la
gracia de Dios santificando su esfuerzo.
Pues
así es como empezaron los santos. Empezaron por estas cosas pequeñas y al final
llegaron a santos. No fueron santos de un golpe, sino poco a poco. Y así
nosotros, que no somos santos, debemos proceder de la misma manera; mediante la
humildad, la paciencia, la confianza en Dios, el recuerdo de que estamos en su
presencia y el agradecimiento a sus favores.

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