Sor Isabel de la Trinidad, carmelita de Dijon, menos
conocida de la generalidad de los cristianos, ejerce en el mundo de los
contemplativos espirituales una influencia que puede compararse con la de la
santa carmelita de Lisieux.
Aún en su familia, sor Isabel experimentó sensiblemente la
presencia de la Santísima Trinidad en su alma. Un dominico, el padre Vallée,
alma luminosa de teólogo y contemplativo, le ofreció la explicación de su
experiencia exponiéndole el dogma de la inhabitación de Dios en nosotros. En el
carmelo de Dijon, donde entró, sor Isabel vivió este dogma y el que le sirve de
complemento –revelado por el apóstol san Pablo en sus cartas contemplativas–,
el misterio de la adopción divina que Dios extiende a toda la humanidad por Jesucristo.
Convertida en víctima de alabanza de la Santísima Trinidad y del misterio de la
difusión de la vida divina en las almas, murió después de seis años de vida
religiosa. (...)
El P. Vallée le ha dado todo, dice sor Isabel, el día en el que le reveló el dogma de la inhabitación divina. No le volverá a ver sino rara vez.
P. María Eugenio del Niño Jesús. Quiero ver a Dios. Editorial de Espiritualidad. Madrid, 2002. 273

Comentarios
Publicar un comentario