Era José un artesano de Galilea, un hombre como tantos
otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como
era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al
acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y
recomenzar al día siguiente la tarea.
Pero el nombre
de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida
santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante,
lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José,
añadió –si se me permite hablar así– la vida de la Virgen María y la de Jesús,
Señor Nuestro. Dios no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer
suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa: Quia fecit
mihi magna qui potens est, ha hecho en mi cosas grandes Aquel que es
todopoderoso, quia respexit humilitatem, porque se fijó en mi
pequeñez (Lc I, 48–49.).
José era
efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas
grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los
acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a
José, afirmando que era justo (Cfr. Mt I, 19.).
San Josemaría
Escrivá de Balaguer. Extracto del sermón “En el taller de José”

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