27 de diembre/Fiesta de San Juan Apóstol y Evangelista
El Redentor tampoco quiere que falte en el pesebre
quien en vida le fue particularmente querido: el discípulo que Jesús amaba (Jn
13,23). El se nos presenta como la imagen de la pureza virginal. Porque era
puro, agradó al Señor. El se apoyó sobre el pecho de Jesús y allí fue iniciado
en los misterios del corazón divino (Jn 13,25). Al igual que el Padre del Cielo
dio testimonio de su Hijo cuando dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me
complazco, escuchadlo» (Mc 9,7), así parece señalarnos el Niño Dios a su
discípulo amado y decirnos: «ningún incienso me es tan grato como la entrega de
un corazón puro. Escuchad a aquel que pudo ver a Dios porque tenía un corazón
puro» (Mt 5,8).
Nadie ha contemplado tan profundamente los abismos
escondidos de la vida divina como él. Por eso él proclama solemnemente y
secretamente... el misterio del eterno nacimiento del Verbo divino. El
experimentó las luchas del Señor tan de cerca como sólo lo puede hacer un alma
que ama esponsalmente... Cuidadosamente ha guardado y nos ha transmitido
testimonios en los cuales el Redentor confesó su divinidad, frente a amigos y
enemigos... Por él sabemos qué parte nos corresponde en la vida de Cristo y en
la vida del Dios Trinitario...
Juan junto al pesebre nos dice: mirad lo que se
concede a quien se entrega a Dios con corazón puro. Estos participarán de la
total e inagotable plenitud de la vida humano-divina de Cristo como recompensa
real. Venid y bebed de las fuentes de agua viva que el Salvador abre a los
sedientos y que continúan manando en la vida eterna (Jn 7,37; 3,14). La Palabra
se hizo carne y está ante nosotros bajo la forma de un niño recién nacido.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein. Meditación
para el 6 de enero 1941.
