Curiosamente, mientras que Dios nos invita a una felicidad sin orillas y sin fin en Él, nosotros nos dejamos fascinar por una felicidad limitada y superficial. La ciencia y la tecnología nos hipnotizan hasta el punto de hacernos obrar como si no hubiera nada más allá de la materia. Sabemos que cuanto hay en la tierra es perecedero y, sin embargo, seguimos prefiriendo lo fugaz a lo eterno. Hay que decirlo a tiempo y a destiempo: solo Dios guarda proporción con nuestro corazón. Solo Él puede aportarnos la plenitud a la que aspiramos.
Los cristianos deben explicar constantemente a los hombres a qué felicidad están llamados. Tienen la obligación de decirle al mundo que los éxitos tecnológicos no son nada al lado del amor de Dios. El hombre es portador de la imagen de Dios y su alma es inmortal. ¿Cómo podemos hacer caso omiso de esa huella de Dios en nosotros? ¿Por qué el hombre solo fija su mirada en la tierra? Inclinado como un esclavo de este mundo, ya no levanta la cabeza. No obstante, la tierra solo es una puerta al cielo. No estoy invitando a descuidar las realidades terrenales. Este mundo ha sido querido por Dios, amado por Dios y moldeado con ternura por el corazón de Dios. Hemos de respetarlo y amarlo apasionadamente. Pero algún día lo abandonaremos. Nuestra patria eterna es el cielo. Nuestra patria y nuestra auténtica morada están en Dios.
Fuente: Cardenal Robert Sarah con Nicolas Diat. En: Se hace tarde y anochece.

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