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| Domingo del Buen Pastor |
Tener un Pastor es tener rumbo, cuidado, cobijo.
Sin pastor las ovejas vagan,
yerran, merodean sin pertenencia ni orientación, orillan peligros, abismos,
quebradas oscuras.
Sin guía, las ovejas,
deambulan, se exponen a las muchas inclemencias, a los embates de las
intemperies, a la inanición, y a los lobos.
Nuestro Jesús, hace propio
aquello que el pueblo judío había atribuido a Dios. Pastor de Israel lo había
llamado.
Jesucristo dice de sí mismo: “Yo
Soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas”.
Así, es el Señor el que está
dando su vida por el rebaño. Y la está dando, aquí, en esta Eucaristía.
Por la fe, hemos entrado en el
ámbito sagrado, en el Rito puro, en el suelo santo de la santa liberación. Por
la fe podremos, también, salir de la celebración, culto que admira a los
ángeles, y hacerlo nutridos del alimento verdadero, el que salva y anula la
muerte.
Nuestro buen Pastor lo
asegura:”Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y
salir, y encontrará su alimento”.
El rebaño de Jesucristo
reconoce su Voz. Cada uno lo reconoce. Porque a cada oveja la llama por su
nombre. De modo que, no sólo entramos por él, y de él recibimos el alimento que
es su propia Vida, sino que nos hallamos amados, guiados por su Voz,
congregados para no seguir a extraños, ni perdernos por las rutas de lo
novedoso, lo que despierta la curiosidad, lo que se presenta como tentación,
las sirenas de ocultos designios.
“Yo he venido para que las
ovejas tengan Vida, y Vida en abundancia”, dice el Señor. La abundancia pende
de su Voz. Otras voces prometerán la abundancia, y resolverán la marcha en los
páramos del desierto, en la sequía, y la esterilidad. “Porque separados de mí,
nada pueden hacer”, dice Cristo. Y el que habla lleva un tono al hablar. Su Voz
es inconfundible en el corazón de sus elegidos. “Todo aquel que es de la
verdad, escucha mi Voz”, supo decirle a Pilato.
Su Voz, y la verdad, perfuman.
Es el aroma de la santidad lo que guía al rebaño. El Santo va adelante, su
estela mueve. Las ovejas lo siguen.
No seguirán a un extraño... El
rebaño, no. Y si una oveja se pierde. el buen Pastor irá tras ella, la buscará.
Fatigará pasos hasta encontrarla. Porque ama a cada una como única, y a todo el
rebaño como de su propiedad. Propio, en Jesús, no es dominación, sino servicio.
Entrega. La relación que establece con cada una, no es de “amo-esclavo”, sino
de amor sacrificial.
Decía Nietzsche: “El
pensamiento abstracto es para muchos una fatiga; para mí, en los buenos días,
una fiesta y una embriaguez. La fiesta incluye: orgullo, insolencia,
desenfreno; el escarnio de todo tipo de seriedad y bonhomía; un divino decir sí
a sí mismo desde una plenitud y perfección animal… estados todos a los que al
cristiano no le está permitido decir sí honestamente”.
Al oír a Nietzsche, filósofo en
el que se consuma, “la voluntad de poder”, como esencia humana, reconocemos la
voz del extraño, del asaltante de la serenidad, del arrebatador de los perfumes
de la esperanza.
En cambio, cuando el Verbo por
quien todo fue amorosamente creado resuena en nuestro corazón, amanece, se
ordenan las cosas, se suelta la caridad:“El Señor es mi Pastor, nada me puede
faltar. El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas
tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su
Nombre”.
He ahí, la Palabra que no
cansa, y que inspira al salmista para gozo nuestro, zambulléndonos en la
comunión con él, y el rebaño, elevándonos luminosamente a sus promesas.
La oveja le cree a Jesús.
Acepta su amonestación o corrección, y goza de andar con rumbo. Comprende en la
celda de su espíritu, que Dios es amor, y que el amor es el origen, el camino,
y la meta del vivir junto a Cristo.
Por eso, el buen Pastor habla, y su decir
resuena íntimo y personal.
Porque no nos habla en general, sino a cada uno en su
recinto sacro, con su historia segmentada de vacilaciones y firmezas, con su
vida tan propia como irrepetible, tan amada como conservada por el que la
constituyó.
Jesucristo es el Buen Pastor resucitado, que llama a cada
uno por su nombre, y a cada uno le conversa, y a cada uno conduce.
Mientras nos conduce nos revela sus designios de
salvación, los asuntos de la alianza de amor que lo movieron a dar la vida, a
sellar con su sangre un pacto indestructible.
Gusta de conducirnos, porque el amor no cederá nunca su
báculo al lobo, al engañoso enemigo, al farsante.
Puede que en el camino al Cielo, a veces, nos hable de
maravillas encendiéndonos la esperanza. También, nos bendecirá para que
retocemos en las aguas de su gracia, o nos alimentemos de todo lo santo.
Como Buen Pastor nos cuidará, Y usará su cayado para
que no nos vayamos del rebaño. Nos querrá evitar los pastos tóxicos, las
razones heréticas, los desvíos apóstatas, el frío del alejamiento.
Nos alimentará la fe… Como en esta Santa Eucaristía.
Sus cuidados incluirán siempre vendar heridas y
hacernos descansar. Es decir, compartir la felicidad de pertenecerle.
Hoy la
Iglesia nos invita a mirar a nuestro buen Pastor.
¿Mirarlo no es sanarse? ¿No es perder miedos?
¿Demorarse en su mirada no es como revivir? ¿Encontrar
su mirada no es siempre como un empezar?
El nos actualiza la esperanza... Sus brazos alzan. La
fe no se equivoca cuando dice: Amén.
Este templo es ahora su redil. El cirio dona su luz
señalando su Presencia. Los vasos sagrados esperan su momento, el instante de
rebosar a Dios, Cordero y Pastor. Fuente y camino. Alimento y rumbo. Siempre
Vida, la Vida bendita del que vive y nos amó primero.
Padre Gustavo Seivane

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