El rebaño de Jesucristo reconoce su Voz. Por el P. Gustavo Seivane

Domingo del Buen Pastor

Tener un Pastor es tener rumbo, cuidado, cobijo.
Sin pastor las ovejas vagan, yerran, merodean sin pertenencia ni orientación, orillan peligros, abismos, quebradas oscuras.
Sin guía, las ovejas, deambulan, se exponen a las muchas inclemencias, a los embates de las intemperies, a la inanición, y a los lobos.
Nuestro Jesús, hace propio aquello que el pueblo judío había atribuido a Dios. Pastor de Israel lo había llamado.
Jesucristo dice de sí mismo: “Yo Soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas”.
Así, es el Señor el que está dando su vida por el rebaño. Y la está dando, aquí, en esta Eucaristía.
Por la fe, hemos entrado en el ámbito sagrado, en el Rito puro, en el suelo santo de la santa liberación. Por la fe podremos, también, salir de la celebración, culto que admira a los ángeles, y hacerlo nutridos del alimento verdadero, el que salva y anula la muerte.
Nuestro buen Pastor lo asegura:”Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento”.
El rebaño de Jesucristo reconoce su Voz. Cada uno lo reconoce. Porque a cada oveja la llama por su nombre. De modo que, no sólo entramos por él, y de él recibimos el alimento que es su propia Vida, sino que nos hallamos amados, guiados por su Voz, congregados para no seguir a extraños, ni perdernos por las rutas de lo novedoso, lo que despierta la curiosidad, lo que se presenta como tentación, las sirenas de ocultos designios.
“Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y Vida en abundancia”, dice el Señor. La abundancia pende de su Voz. Otras voces prometerán la abundancia, y resolverán la marcha en los páramos del desierto, en la sequía, y la esterilidad. “Porque separados de mí, nada pueden hacer”, dice Cristo. Y el que habla lleva un tono al hablar. Su Voz es inconfundible en el corazón de sus elegidos. “Todo aquel que es de la verdad, escucha mi Voz”, supo decirle a Pilato.
Su Voz, y la verdad, perfuman. Es el aroma de la santidad lo que guía al rebaño. El Santo va adelante, su estela mueve. Las ovejas lo siguen.
No seguirán a un extraño... El rebaño, no. Y si una oveja se pierde. el buen Pastor irá tras ella, la buscará. Fatigará pasos hasta encontrarla. Porque ama a cada una como única, y a todo el rebaño como de su propiedad. Propio, en Jesús, no es dominación, sino servicio. Entrega. La relación que establece con cada una, no es de “amo-esclavo”, sino de amor sacrificial.
Decía Nietzsche: “El pensamiento abstracto es para muchos una fatiga; para mí, en los buenos días, una fiesta y una embriaguez. La fiesta incluye: orgullo, insolencia, desenfreno; el escarnio de todo tipo de seriedad y bonhomía; un divino decir sí a sí mismo desde una plenitud y perfección animal… estados todos a los que al cristiano no le está permitido decir sí honestamente”.
Al oír a Nietzsche, filósofo en el que se consuma, “la voluntad de poder”, como esencia humana, reconocemos la voz del extraño, del asaltante de la serenidad, del arrebatador de los perfumes de la esperanza.
En cambio, cuando el Verbo por quien todo fue amorosamente creado resuena en nuestro corazón, amanece, se ordenan las cosas, se suelta la caridad:“El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar. El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre”.
He ahí, la Palabra que no cansa, y que inspira al salmista para gozo nuestro, zambulléndonos en la comunión con él, y el rebaño, elevándonos luminosamente a sus promesas.
La oveja le cree a Jesús. Acepta su amonestación o corrección, y goza de andar con rumbo. Comprende en la celda de su espíritu, que Dios es amor, y que el amor es el origen, el camino, y la meta del vivir junto a Cristo.
Por eso, el buen Pastor habla, y su decir resuena íntimo y personal.
Porque no nos habla en general, sino a cada uno en su recinto sacro, con su historia segmentada de vacilaciones y firmezas, con su vida tan propia como irrepetible, tan amada como conservada por el que la constituyó.
Jesucristo es el Buen Pastor resucitado, que llama a cada uno por su nombre, y a cada uno le conversa, y a cada uno conduce.
Mientras nos conduce nos revela sus designios de salvación, los asuntos de la alianza de amor que lo movieron a dar la vida, a sellar con su sangre un pacto indestructible.
Gusta de conducirnos, porque el amor no cederá nunca su báculo al lobo, al engañoso enemigo, al farsante.
Puede que en el camino al Cielo, a veces, nos hable de maravillas encendiéndonos la esperanza. También, nos bendecirá para que retocemos en las aguas de su gracia, o nos alimentemos de todo lo santo.
Como Buen Pastor nos cuidará, Y usará su cayado para que no nos vayamos del rebaño. Nos querrá evitar los pastos tóxicos, las razones heréticas, los desvíos apóstatas, el frío del alejamiento.
Nos alimentará la fe… Como en esta Santa Eucaristía.
Sus cuidados incluirán siempre vendar heridas y hacernos descansar. Es decir, compartir la felicidad de pertenecerle.
Hoy la Iglesia nos invita a mirar a nuestro buen Pastor.
¿Mirarlo no es sanarse? ¿No es perder miedos?
¿Demorarse en su mirada no es como revivir? ¿Encontrar su mirada no es siempre como un empezar?
El nos actualiza la esperanza... Sus brazos alzan. La fe no se equivoca cuando dice: Amén.
Este templo es ahora su redil. El cirio dona su luz señalando su Presencia. Los vasos sagrados esperan su momento, el instante de rebosar a Dios, Cordero y Pastor. Fuente y camino. Alimento y rumbo. Siempre Vida, la Vida bendita del que vive y nos amó primero.

                                                      Padre Gustavo Seivane

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