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| Jueves Santo/ El lavatorio de los pies |
[…] Jesús «se levanta de la mesa,
se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la
jofaina y comienza a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la
toalla que se había ceñido» (Jn 13,4s). Jesús presta a sus discípulos un
servicio propio de esclavos, «se despojó de su rango» (Flp 2,7). Lo que dice la
Carta a los Filipenses en su gran himno cristológico — es decir, que en un
gesto opuesto al de Adán, que intentó alargar la mano hacia lo divino con sus
propias fuerzas, mientras que Cristo descendió de su divinidad hasta hacerse
hombre, «tomando la condición de esclavo» y haciéndose obediente hasta la
muerte de cruz (cf. Flp 2,7-8)—, puede verse aquí en toda su amplitud en un
solo gesto. Con un acto simbólico, Jesús aclara el conjunto de su servicio
salvífico. Se despoja de su esplendor divino, se arrodilla, por decirlo así,
ante nosotros, lava y enjuga nuestros pies sucios para hacernos dignos de
participar en el banquete nupcial de Dios.
Cuando encontramos en el
Apocalipsis la formulación paradójica según la cual los salvados «han lavado y
blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero» (7,14), se nos está diciendo
que el amor de Jesús hasta el extremo es lo que nos purifica, nos lava. El
gesto de lavar los pies expresa precisamente esto: el amor servicial de Jesús
es lo que nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace
«puros».
Fuente: Benedicto XVI, Jesús de Nazareth
II.

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