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| 25 de marzo/ Solemnidad de la Anunciación del Señor |
Esta mujer será Madre de Dios, puerta de la luz, fuente de
vida; destruirá la acusación que pesaba sobre Eva. Esta mujer, “los ricos de
entre los pueblos buscarán su rostro”, los reyes de las naciones se
prosternarán ante ella ofreciéndole obsequios… pero la gloria de la Madre de
Dios es interior: es el fruto de su vientre. Mujer tan digna de ser amada, tres
veces bienaventurada, ” eres bendita entre las mujeres y el fruto de tu vientre
es bendito”. Hija del rey David y Madre de Dios Rey del universo, la obra
maestra en la que el Creador se regocija…, serás la cumbre de la naturaleza.
Porque tu vida no será para ti, no has nacido para ti misma, sino que tu vida
será para Dios.
Viniste al mundo para él, servirás para la salvación de
todos los hombres, cumpliendo el designio de Dios fijado desde antiguo: la
encarnación del Verbo, su Palabra, y nuestra divinización. Todo tu deseo es
alimentarte de la palabra de Dios, fortalecerte con su sabia, “como verde olivo
en la casa de Dios”, “un árbol plantado al borde de la acequia”, tú “el árbol
de la vida” que “dio fruto a su tiempo”… El que es infinito, ilimitado, vino
para quedarse en tu seno; Dios, el niño Jesús, se alimentó de tu leche. Eres la
puerta siempre virginal de Dios; tus manos tienen a tu Dios; tus rodillas son
un trono más elevado que los querubines… Eres la cámara nupcial del Espíritu,
“la ciudad del Dios vivo, en la que se regocijan las aguas del río”, es decir
el efluvio de los dones del Espíritu. Eres “toda hermosa, la amada” de Dios.
Fuente; San Juan Damasceno. Homilía sobre la Natividad de la Virgen, n. 9; SC 80.
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