Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha
nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza,
cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos
la esperanza de una eternidad dichosa.
Que nadie se considere excluido de esta
alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos; nuestro Señor, en
efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre
de culpa, así ha venido para salvamos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque
se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el
perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida.
Al llegar el momento dispuesto de antemano
por los impenetrables designios divinos, el Hijo de Dios quiso asumir la
naturaleza humana para reconciliada con su Creador; así el diablo, autor de la
muerte, sería vencido mediante aquella misma naturaleza sobre la cual él mismo había
reportado su victoria.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles
cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra
paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén
celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo,
pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de
la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles
encontraban en ella un gozo tan intenso?
Fuente; De los Sermones de san León Magno, papa . Sermón 1 En la Natividad del Señor, 1.3: PL 54, 190-193. Extracto del oficio de lectura.

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