Dios sabe muy bien lo que necesitamos, y todo cuanto hace es por nuestro bien; si supiésemos cuánto nos ama, estaríamos siempre dispuestos a recibir de Su mano por igual lo dulce y lo amargo, e incluso las cosas más penosas y más duras nos resultarían dulces y agradables; las penas más difíciles parecen habitualmente insoportables debido al punto de vista desde el que las consideramos, y, cuando estamos convencidos de que es la mano de Dios la que actúa en nosotros, de que es un Padre lleno de amor el que no pone en estados de humillación, dolor y sufrimiento, desaparece de ellas toda la amargura y no queda más que dulzura.
Dediquémonos totalmente a conocer a Dios: cuanto más lo conoce uno, más desea conocerlo; y como el amor se mide habitualmente por el conocimiento, cuanta más profundidad y extensión tenga el conocimiento, más grande será el amor, y si el amor es grande, lo amaremos por igual en las penas y en los consuelos.
Fuente: Fray Lorenzo de la Resurrección. Carta XVI. En La experiencia de la presencia de Dios. (Máximas y consejos) Barcelona. José J. de Olañeta, Editor. 2001 pp 106-107.

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