Acerca de las cualidades del director espiritual. Por el Beato María Eugenio del Niño Jesús

Encontrar un director que sea santo es una gracia sin precio. Exigir o, incluso, desear que su santidad brille en manifestaciones exteriores, o que el director esté iluminado por luces extraordinarias, es un despropósito peligroso que expone a muchos errores. Nos debe bastar que la santidad se fundamente en la humildad y en la caridad. Estas dos virtudes que se completan y se esclarecen mutuamente hacen buenos directores.
La caridad sobrenatural, libre de toda indagación personal, no busca más que a Dios en las almas y todo lo refiere a él como a maestro absoluto. La caridad, irradiación en el director de la paternidad del Padre de la luz y misericordia, le hace paciente y comprensivo, compasivo ante toda miseria y confiado en toda buena voluntad.
La humildad ilumina a la caridad al atraer esas efusiones de la misericordia divina. Ella hace que el director encuentre su puesto entre Dios y el alma, le garantiza luz y flexibilidad para cumplir en ella su misión de instrumento de Dios y de colaborador humano en la obra de la gracia.
Identificado con su papel de instrumento de Dios, el director se entregará en manos de Dios para implorar su luz, sus mociones, y cumplir perfectamente su obra. Una humilde desconfianza de sí y una gran confianza en Dios atraerán, por el don de consejo, las respuestas divinas que necesita para el cumplimiento de su misión.
Colaborador de Dios, debe trabajar para hacer realidad la voluntad de Dios. El alma pertenece a Dios; hacia Dios debe encaminarse y por el camino que Dios determina. Al director le incumbe el dis-cernir esta voluntad divina y ayudar al alma para que la lleve a cabo.
Las almas son diversas como las flores. «Apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro» ( San Juan de la Cruz, Llama de amor viva III, 59.), asegura san Juan de la Cruz. Cada alma tiene su misión en el plan divino, su puesto en el cielo y, aquí en la tierra, en la gracia, un poder y una belleza, exigencias que corresponden al designio de Dios sobre ella.
El mismo sol divino las ilumina a todas; todas apagan su sed en la misma fuente y se alimentan del mismo pan de vida, que es Cristo. Y, sin embargo, la Sabiduría se inclina maternalmente sobre ca-da una, la llama por su nombre divino y diversifica admirablemente para cada una los efectos de su luz, los sabores de su gracia, los ardores de sus llamas y los juegos de su amor.
¡Misterio profundo y admirable el de las almas y el de la vida de Dios en ellas! ¿Quién podrá referir los destinos divinos de la gracia que el bautismo acaba de depositar en el alma de un niño? ¿Desarrollará este germen una flor, cuya hermosura está en su modestia y el encanto en la discreción de su perfume? ¿Llegará a ser un arbolito verde que embellecerá el campo de la Iglesia y alimentará con sus frutos a los hijos de Dios, o se elevará como árbol frondoso cuya cima alcanzará los cielos?
Ante este misterio el director ha de inclinarse con respeto y amor. La gracia del alma le susurrará su nombre divino. Este murmullo está muy cargado de claridades y de misterio para expresarlo en términos precisos. No desvelará el porvenir, pero descubrirá los deseos de Dios sobre el alma. Dará luz a las inclinaciones y a los acontecimientos, y bajo sus luces tomará un sentido preciso. Será un hilo conductor a través de los laberintos de las complicaciones de que está tejida la vida y, tanto en la regularidad de la vida ordinaria como en la turbación de los acontecimientos desconcertantes, dictará lo que hay que hacer en el momento presente, determinará la actitud que hay que adoptar e indicará la línea del plan providencial.
Solas la caridad y la humildad pueden seguir al alma en esta penumbra misteriosa, encontrar suficiente luz para moverse en ella con facilidad, continuar la obra del divino artesano y conducir al alma hacia la realización de los, designios divinos. Solas, ellas pueden librar al director de los peligros que le amenazan, a saber: el acaparamiento de las almas y su utilización para fines personales, los celos mezquinos, el autoritarismo estrecho que impone sus puntos de vista y sus métodos y que disminuye la libertad del alma bajo la acción del Espíritu Santo ( Llama de amor viva 3, 62)..
Sólo la santidad sabe respetar perfectamente los derechos absolutos de Dios sobre el alma, protegerlos hasta el fin, retirándose si hay lugar para confiar el alma a consejeros más experimentados ( Llama... 3, 57.61).No busca otra alegría y otra recompensa que poder en ocasiones contemplar la obra de Dios en las al-mas y colaborar siempre discretamente en la sombra para que resplandezcan y sean glorificados el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios, admirable en todas sus obras, pero, sobre todo, en sus santos.
Fuente: P. María Eugenio del Niño Jesús. Quiero ver a Dios. Madrid. Editorial Espiritualidad, 2002, 154-155.

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