29 de abril de 2010

Los diversos arquetipos. P. Alfredo Sáenz. S.J

¿Y cuáles son, concretamente, estos arquetipos, para nosotros, los cristianos?
El Arquetipo por antonomasia es Dios, nada menos que Dios, del cual todos los otros arquetipos —los paradigmas humanos— derivan algún aspecto estimulante En una de sus humoradas, Cristo nos dijo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". Decimos que es una humorada, porque jamás nos será posible igualar la perfección infinita de Dios. Lo que se nos quiere expresar es que en el camino del progreso espiritual, la medida es sin medida, que no hay "bastas" que valgan. El único "basta" lo pronuncia la muerte.
Más cercana a nosotros se nos ofrece la figura de Cristo como Modelo Supremo, el Verbo que se hizo carne para divinizar nuestra carne, el Hijo de Dios que se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegásemos a ser hijos de Dios. He aquí un auténtico y fascinante Arquetipo, puesto a nuestra consideración para que, imitando sus virtudes, nos trascendamos ilimitadamente. El mismo que se proclamó "camino", nos invita a seguir su huella. "Venid en pos de mí "aprended de mí", "os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho"... Todo el cristianismo puede ser considerado a la luz del seguimiento de Cristo. Este seguimiento no es una acción a distancia, es una mimesis de Cristo que conduce a la identificación con El, a poder decir un día con el Apóstol, "ya no vivo yo sino que es Cristo el que vive en mí".

  • En la introducción al libro Héroes y Santos del P. Alfredo Sáenz s.j.

26 de abril de 2010

El Buen Pastor. Por Santo Tomás de Aquino

Para diferenciarse del mal pastor y del ladrón, Jesús precisa que es el «buen pastor». Es el bueno porque defiende a su rebaño con el mismo interés que un soldado lo hace por su patria. Por otra parte, Cristo ha dicho que el pastor entra por la puerta y que él mismo es esta puerta. Así pues, cuando se declara aquí como el pastor, hay que comprender que es él el que entra y a través de sí mismo. Es del todo cierto porque manifiesta que conoce al Padre por sí mismo, mientras que nosotros, entramos a través de él, y es él el que nos da la felicidad. Fijémonos bien en que sólo él es la puerta, porque sólo él es la luz, y los demás lo son sólo por participación. Juan Bautista «no era la luz, pero vino para dar testimonio de la luz» (Jn 1,8). El mismo Cristo «era la luz verdadera que alumbra a todo hombre» (v.9). Nadie más puede decir que es la puerta, porque Cristo se reservó para sí este título.

  • Comentario al Evangelio de Juan, 10,3

20 de abril de 2010

Sucumbir. Meister Eckhart

Nuestro leal Dios permite que sus amigos a menudo sucumban a sus flaquezas únicamente para que carezcan de todo sostén que les permitiría reclinarse o apoyarse. Pues, a un hombre amante le daría una gran alegría poder hacer numerosas y grandes cosas, ya sea con vigilias, ayunos u otros ejercicios, y con cosas especialmente grandes y difíciles: todo esto da gran alegría, apoyo y esperanza de modo que sus obras le brindan sostén y apoyo y confianza. Justamente esto se lo quiere quitar Nuestro Señor y quiere ser, Él solo, su sostén y confianza. Y la única razón por que procede así, reside en su pura bondad y misericordia. Pues, fuera de su propia bondad no hay nada que lo mueva a Dios a hacer ninguna obra; nuestras obras no sirven en absoluto para que Dios nos dé o haga algo. Nuestro Señor quiere que sus amigos se desprendan de semejante sostén y por lo tanto se lo quita para que Él solo sea su sostén. Pues quiere darles algo grande y quiere hacerlo puramente por su libre bondad; Él habrá de ser su sostén y consuelo y ellos deben descubrir y considerar que son pura nada en medio de todos los grandes dones de Dios. Porque, cuanto más desnudo y libre sea el ánimo que se abandone a Dios, siendo sostenido por Él, tanto más hondo será colocado en Dios el hombre y será susceptible de hallar a Dios en todos sus preciosísimos dones. Pues el hombre ha de confiar sólo en Dios.

Meister Eckhart, en:TRATADOS PLÁTICAS INSTRUCTIVAS

17 de abril de 2010

Mira el cielo. Santa Clara de Asís.

Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo (cf. Lc 9,23), que nos precede; porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria (cf. Hch 14,21; Lc 24,26). Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu mente; procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz (cf. Jn 19,25). Ora y vela siempre (cf. Mt 26,41). Y la obra que has comenzado bien, llévala a cabo con empeño, y cumple el ministerio que has asumido en santa pobreza y en humildad sincera (cf. 2 Tim 4,5.7).

  • CARTA A ERMENTRUDIS [CtaCla5]

14 de abril de 2010

El Santo Abandono. Por Dom Vital Lehodey

Todo lo puedo en Aquel que me conforta»; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin e! auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin El nada podemos.
Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de El cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.
Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que El lleve la dirección de la obra: nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. El es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio divino», para ser El nuestro maestro; nos coloca en «el taller del Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos alista bajo su bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino en segundo término con su Creador.
Esta continua dependencia de Dios nos impondrá innumerables actos de abnegación, y no pocas veces tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá cabernos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. El perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este mundo y la bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.

8 de abril de 2010

La Admiración.... Por el P. Alfredo Saenz, SJ.

La admiración se opone en particular a una cierta superficialidad que a veces parece afectar a nuestras facultades espirituales, y por consiguiente a la indiferencia o a la rutina que son su consecuencia. Assueta vilescunt, dice un viejo adagio, las cosas reiteradas se envilecen. La capacidad de admiración supone siempre "ojos nuevos", una nueva y original mirada sobre el objeto o la persona que asombra. Como ojos nuevos necesitaron los apóstoles para poder contemplar al Cristo transfigurado. La admiración tiene que ver, pues, con la inteligencia, que se extasía ante la verdad, al percibir su carácter inefable, pero también influye en la voluntad, excitando el amor, según aquello que decía San Francisco de Sales, es a saber, que "el amor hace fácilmente admirar, y la admiración amar” E incluso inspira al sentimiento, suscitando la poesía. De ahí lo que afirmaba San Tomás: "El motivo por el que el filósofo se asemeja al poeta es porque los dos tienen que habérselas con lo maravilloso".

La admiración, que impregna los actos más importantes de la vida religiosa, como la adoración, la alabanza, la reparación, la acción de gracias, es un eco de la inefabilidad del misterio. Por eso la liturgia, escuela de admiración, incluye, si bien a extrema sobriedad, algunas expresiones de asombro, según puede observarse en las antífonas del Oficio Divino llamadas en O, que preparan la Navidad: O Sapientia, O admirabile commercium, etc., así como en el lírico texto del Exsultet o pregón pascual: O mira circa nos tuae pietatis dignatio (¡oh admirable dignación de tu piedad para con nosotros!). Asimismo la Escritura, leída con espíritu sapiencial, suscita inevitablemente el impulso admirativo. Cuando Bossuet, en sus "Elevaciónes sobre los misterios", comenta el prólogo del evangelio de San Juan, aquel apóstol al que la tradición llamó "el águila de Pátmos", deja trasuntar la admiración que se despierta en su alma, culminando en una especie de éxtasis literario: "Ay, me pierdo, no puedo más, no puedo decir sino Amén... ¡Qué silencio, qué admiración, qué asombro!". Por algo el P. Alvarez de Paz eximio escritor espiritual, unía inextricablemente la admiración con el silencio.

La admiración entra incluso en los grados más elevados de vida espiritual, particularmente en la contemplación. "La primera y suprema contemplación —dejó escrito San Bernardo— es admiración de la majestad”. Requiere un corazón purificado que fácilmente se eleve a lo superior". Para Ricardo de San Victor el paso de la meditación a la contemplación se opera por un acto de admiración prolongada; más aún, la admiración impregna misma contemplación y en cierta forma la abre al éxtasis: "Por meditación el alma se eleva a la contemplación, por la contemplación a la admiración, por la admiración al éxtasis".

Santa Teresa, en su descripción de los estados místicos; refiere varias veces a la admiración. Allí afirma que el asombro del alma, tras haberse ido acrecentando incesantemente, acaba por apaciguarse en una especie de acostumbramiento, no ciertamente de índole rutinaria, sino de carácter superior, de familiaridad con los esplendores divinos, propio del estado de matrimonio espiritual.


Podemos así concluir con San Francisco de Sales: "No menos que la admiración ha causado la filosofía y atenta investigación de las cosas naturales, también ha causado la contemplación y la teología mística". Hasta estas cumbres nos conduce la admiración, hasta el "entusiasmo", palabra quizás la más elevada que nos legaran los griegos, a la que es preciso rescatar del ámbito psicologista en que ha sido recluida, para volver a descubrir su sentido original; entusiasmo viene de Theos (Dios), significando propiamente el "endiosamiento" de una persona.

La admiración arrastra a la imitación de lo admirado. El ejemplo de la conversión de San Ignacio es clásica: "Si Santo Domingo lo hizo, si San Francisco lo hizo, ¿por qué no yo...?". De ahí la importancia de la admiración en la vida personal y social. Daniélou dejó escrito que "el hombre moderno ha perdido el sentido de esa forma eminente de la admiración que es la adoración". Desde otro punto de vista se advierte que el hombre de nuestro tiempo, sobre todo en el campo intelectual, se va inhabilitando para todo tipo de admiración ennoblecedora en el grado en que pone, en la base de todo conocimiento, la duda en lugar del asombro. Digamos, sin embargo, en un sentido más general, que a veces la gente no se admira porque no encuentra mucho que admirar. Afirmaba Dostoievski que "es una grave enfermedad de nuestros tiempos no saber a quién respetar".

Juntamente con la admiración, exaltemos el valor del deseo, de los deseos. Cuando un candidato pretendía ingresar en la Compañía de Jesús, San Ignacio quería que le preguntasen si tenía deseos de perfección; en el caso de que dudase, había de preguntársele si al menos tenía "deseo de tener deseos". Es que el deseo es ya el comienzo del camino, el comienzo de la imitación del arquetipo. Cada uno es, de alguna manera, lo que admira, cada uno es, de algún modo, al menos potencialmente, lo que desea. De ahí lo que escribía Santa Teresa: "Conviene mucho no apocar los deseos... Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuerzas, el alma da un vuelo y llega a mucho".

El deseo y la admiración son sentimientos hermanados en pos del arquetipo. Por algo enseñaba San Buenaventura que el camino de la perfección pedía "el asentimiento de la razón..., la mirada de la admiración... y el deseo de semejanza”

  • P. Alfredo Sáenz.Introducción al libro "Héroes y Santos", Editorial Gladius.

3 de abril de 2010

Sábado Santo. El descenso del Señor al abismo ....


SEGUNDA LECTURA DEL OFICIO DE LECTURA DEL SÁBADO SANTO
De una Homilía antigua sobre el grande y Santo Sábado
(PG 43, 439. 451. 462-463)
¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.» Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: "iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos.”

A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte el peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.
  • Fuente:http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/cuaresma/cuaresma_sabado_santo.htm