Para librarse de la mentalidad del pecado. Por el P. Marko Rupnik


La primera fase del discernimiento es la purificativa y, como la purificación lleva al conocimiento, es una fase de conocimiento de sí y de Dios. Este conocimiento, para ser de verdad realista -como ya hemos indicado- se debe encontrar en el perdón y en la salvación que Dios va realizando en el hombre. El pecado se cumple dentro del amor, porque sólo en el amor es posible la experiencia de la libertad y por tanto de la no-adhesión. El pecado significa comprenderse uno a sí mismo fuera del amor, tener una visión de uno mismo
desvinculado de los demás, en donde la conciencia más radical de uno mismo no está en tender hacia los otros, sino en proyectar el devenir en la propia visual y ver a los demás también desde esta óptica, hasta el punto de captarlos sólo en función de uno mismo. El pecado fractura las relaciones y las reorganiza de modo perverso. Por ejemplo, si antes del pecado el hombre comprende la tierra como ámbito de encuentro con su Creador, después la comprende sólo en función de sí mismo, de cómo se puede servir de ella: el hombre la domina con un principio de autoafirma-ción hasta hacer de toda la creación servidora de su
egoísmo, y así con el resto de las cosas. Lo más grave es que le ocurre así para con Dios. El pecado engorda el ego y presenta todo lo que existe como un posible capital para asegurar el propio yo que, desenganchado de las relaciones, se da cuenta de su fragilidad existencial y de su condena a morir y por ello se debe servir de todo para nutrir la ilusión de asegurar la vida. Pero es precisamente eso, una ilusión, porque lo único que da vida al hombre es precisamente el sacrificio del egoísmo, morir al principio autoafirmativo para entrar en la órbita del amor, la única realidad que permanece y por ello tiene vida eterna. El pecado es capaz de convencer al hombre porque le da además una mentalidad de pecado. Ahora bien, la mentalidad pecaminosa no es necesariamente anti-Dios, aunque sea anti-amor, una mentalidad que convence al hombre de que no conviene amar, que le insinúa la desconfianza en el sacrificio que exige el amor, que le llena de miedo ante el morir a sí mismo y le sugiere la debilidad e insuficiencia de los argumentos del amor hasta llegar a bloquearlo antes incluso del sacrificio. El amor sólo se realiza al modo de Cristo, es decir, en la pascua del sacrificio y de la resurrección. El pecado es exactamente vaciarse de esta «lógica pascual» y, por tanto, de la obra de Cristo. El pecado es capaz de convencer al hombre de que la obra de Cristo, su Pascua, no es un argumento suficiente para su pascua. De hecho, esto es un ataque frontal contra el Espíritu Santo, porque la obra del Espíritu es la personalización del acontecimiento-Cristo en cada bautizado. Es el Espíritu el que hace de la Salvación mi salvación, de Cristo, mi Señor. El pecado logra hacer ver que el Espíritu es una ilusión y que el hombre debe procurarse por sí mismo lo necesario para salvarse. Este es el engaño más grande del pecado: convencer al hombre de que es suficiente saber qué hacer para salvarse para, de hecho, ser salvado. Desconectando de la relación, indiferente al amor del Espíritu que lo inhabita, el hombre se hace la idea de que es capaz de amar a Dios y de hacer lo que él cree haber comprendido que se debe hacer. Puede actuar así sólo porque hay una dimensión constitutiva del amor que es la libertad: el hombre está inhabitado del amor de Dios, sin que esto signifique estar constreñido a vivir según el Bien. Es precisamente en esta libertad que se experimenta como elemento constitutivo del amor en donde el hombre puede desengancharse del amor y proyectar por su cuenta un presunto amor. Creerá amar porque actúa según ciertos preceptos y mandamientos prefijados sobre un esquema de valores religiosos que, de hecho, suplantan al Dios viviente, el Dios con rostros, el Dios del amor.
Fuente: P. Marko Rupnik. El discernimiento. 

Comentarios

  1. gracias, por esta reflexión, cuando nos reconocemos pecadores, nos reconocemos necesitados de Dios. Gracias, un buen día.

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