Este es un mundo de signos. Por un monje de la la Iglesia de oriente

Hijo mío, este mundo es un mundo de signos. Necesitamos descifrar la escritura secreta.
Es bueno que descubras en todo momento y que admires la belleza del mundo y que te acuerdes del acto creador. Pero a partir de un cierto instante esto no basta. Hace falta poner este esplendor en su contexto total, en su contexto patético, a la vez doloroso y misterioso.
Si has percibido que el misterio del universo es el amor sin límites, pero un amor inmolado por nosotros, no podrás ver las cosas como se te presentaban antes. La belleza "natural" se borra ante la visión del sacrificio del amor.
Ves el sol. Piensa en el que es la luz del mundo, velado por las tinieblas.
Ves los árboles y sus ramas que cada primavera reverdecen. Piensa en aquel que, suspendido en un madero, atrae todo hacia sí. 
Ves las piedras y las rocas. Piensa en la piedra que, en un jardín, obstruía la entrada de un sepulcro. Fué movida y, desde entonces, la puerta de esta tumba no se ha vuelto a cerrar.
Ves las ovejas y los corderos. Inocentes se dejan conducir al matadero y no abren la boca. Piensa en el que, de una manera única, ha querido ser el cordero de Dios.
Admiras las manchas que enrojecen la blancura de algunos pétalos. Piensa en la sangre preciosa
que brotó de la pureza absoluta

Fuente: Un monje de la Iglesia de oriente. Amor sin límites. Madrid, Narcea, 1987. pp. 27-28.

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