sábado, 17 de junio de 2017

Oh Dios escondido...Por Teresa de Lisieux


¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...
¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias... Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración .
Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que «el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras...» Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.
Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro.

Fuente; Teresa del Niño Jesús, Oración a Jesús en el sagrario.

viernes, 16 de junio de 2017

El negocio de la eterna salvación...Por San Alfonso María de Ligorio



El negocio de la eterna salvación es, sin duda, para nosotros el más importante, y, con todo, es el que más a menudo olvidan los cristianos. No hay diligencia que no se practique ni tiempo que no se aproveche para obtener algún cargo, o ganar un pleito, o concertar un matrimonio... ¡Cuántos consejos, cuántas precauciones se toman! ¡ No se come, no se duerme!...
Y para alcanzar la salvación eterna, ¿qué se hace y cómo se vive?... Nada suele hacerse; antes bien, todo lo que se hace es para perderla, y la mayoría de los cristianos viven como si la muerte, el juicio, el infierno, la gloria y la eternidad no fuesen verdades de fe, sino fabulosas invenciones poéticas.
¡ Cuánta aflicción si se pierde un pleito o se estropea la cosecha, y cuánto cuidado para reparar el daño!... Si se extravía un caballo o un perro doméstico, ¡ qué de afanes para encontrarlos! Pero muchos pierden la gracia de Dios, y, sin embargo, ¡ duermen, se ríen y huelgan!... ¡Rara cosa, por cierto!
No hay quien no se avergüence de que le llamen negligente en los asuntos del mundo, y a nadie, por lo común, causa rubor el olvidar el: gran negocio de la salvación, que más que todo importa. Llaman ellos mismos sabios a los Santos porque atendieron exclusivamente a salvarse, y ellos atienden a todas las cosas de la tierra, y nada a sus almas. «Mas vosotros— dice San Pablo—, vosotros, hermanos míos, pensad sólo en el magno asunto de vuestra salvación, que es el de más alta importancia» .
Persuadámonos, pues, de que la salud y felicidad eterna es para nosotros el negocio más importante, el negocio único, el negocio irreparable si nos engañamos en él.
Es, sin disputa, el negocio más importante. Porque es el de mayor consecuencia, puesto que se trata del alma, y perdiéndose el alma, todo se pierde. «Debemos estimar el alma—dice San Juan Crisóstomo—como el más precioso de todos los bienes» . Y para conocerlo, bástenos saber que Dios entregó a su propio Hijo a la muerte para salvar nuestras almas (Jn., 3, 16). El Verbo Eterno no vaciló en comprarlas con su propia Sangre (1 Co., 6, 20).
De tal suerte, dice un Santo Padre, que no parece sino que el hombre vale tanto cuanto vale Dios . Por eso dijo Nuestro Señor Jesucristo (Mt., 16, 26): ¿Qué cambio dará el hombre por su alma? Si el alma, pues, vale tan alto precio, ¿por cual bien del mundo podrá cambiarla el hombre perdiéndola?
Razón tenia San Felipe Neri al llamar loco al hombre que no atiende a salvar su alma. Si hubiese en la tierra hombres mortales y hombres inmortales, y aquéllos viesen que los segundos se aplicaban afanosamente a las cosas del mundo, buscando honores, riquezas y placeres terrenales, sin duda les dirían: «¡Cuan locos sois! Pudierais adquirir bienes eternos, y no pensáis más que en esas cosas míseras y deleznables, y por ellas os condenaréis a dolor perdurable en la otra vida!... ¡Dejadlas, pues, que en ésos bienes sólo deben pensar los desventurados que, como nosotros, saben que todo se les acaba con la muerte!...» ¡ Pero no es así, que todos somos inmortales!...
¿Cómo habrá, por tanto, quien por los miserables placeres de la tierra pierda su alma?...
¿Cómo puede ser —dice Salviano—que los cristianos crean en el juicio, en el infierno y en la
eternidad y vivan sin temor?

  • Fuente: San Alfonso María de Ligorio, en: Preparación para la muerte, Capítulo 12: Importancia de la salvación.

miércoles, 14 de junio de 2017

En la oración...Por San Vicente de Paul


En la oración escuchamos los deseos de Dios, nos perfeccionamos, tomamos fuerzas para resistir a las tentaciones y nos robustecemos en nuestra vocación; finalmente, allí es donde nuestra alma tiene la dicha de poder hablar de corazón a corazón con Dios. Por el contrario, cuando no hacemos oración, vamos debilitándonos y no sentimos la presencia de Dios durante toda la jornada.(....)
Para ser dignos que el Espíritu Santo venga a nosotros, hemos de tener una gran unión y no ser nada más que un sólo corazón (Hech. 4,32) principalmente entre nosotros, para representar mejor la unión que el Espíritu Santo tiene con el Padre y con el Hijo, y vaciar todas las potencias de nuestra alma de los efectos desordenados, para que el Espíritu Santo ponga allí su morada y nos llene de sus dones y gracias. Además, es menester que tengamos mucha humildad y paz interior, porque el Dios de paz no habita más que un lugar de paz. Sabremos que lo hemos recibido cuando sintamos en nosotros más amor y generosidad en la adquisición de las virtudes.
  • Fuente: Doctrina espiritual de San Vicente de Paul, Sevilla,Editorial Apostolado Mariano, p 77. 


martes, 6 de junio de 2017

Por la potencia de Dios la piedra fue hecha rodar del sepulcro...Por Pseudo Macario


Y lo mismo que entonces por la potencia de Dios la piedra fue hecha rodar del sepulcro y María vio al Señor, del mismo modo por la potencia y la visita del Espíritu Santo la piedra que está sobre el alma, el velo del pecado, es hecha rodar y quitada del medio y el alma es hecha digna de ver el rostro de Cristo y de reposar en su espíritu, rescatada y liberada de la piedra del pecado que estaba sobre
ella. En efecto, toda alma que ama al Señor es atribulada por los demonios malvados que la combaten y no le dejan avanzar hacia Cristo, el Dador de vida. Esto se produce con el consentimiento y el permiso de Dios. Él la prueba para ver si verdaderamente ama al Señor, si persevera en el propósito a pesar de las penosos sufrimientos o si, por el contrario, relajándose lo reniega, rechazando la fatiga del camino y huyendo del combate contra los espíritus del mal; o si perseverando incluso por largos años, y quebrada por las tentaciones del mal, se decide por el Señor con gran confianza, juzgándose abandonada e indigna de auxilio alguno.
El Señor, habiendo contemplado el coraje del alma y su paciencia en las tentaciones y que, tentada, fue hallada irreprochable, se le aparece en su bondad. Manifestándose a sí mismo, iluminándola con su luz superluminosa y llamándola hacia sí, dice: Ven en paz, amiga mía. Ésta, corriendo hacia El, lo llama y le dice: ¿Por qué, Señor, me abandonaste tanto tiempo a que sufriera tanto y fuera ultrajada
por mis enemigos? Los guardias que hacen la ronda por la ciudad me encontraron buscándote y me molestaron.
Pero el Señor, lleno de una luz inefable, le responde persuadiéndola, consolándola y diciéndole: Tienes razón. Ven en paz, amiga mía, bella mía, paloma mía. Disputa con ella mostrándole las marcas de los clavos y diciendo: Estas son las marcas de los clavos, éstos los latigazos, éstos los golpes, éstas las heridas. Todo esto lo sufrí por ti que fuiste herida con tantas heridas y arrastrada en dura esclavitud por numerosos enemigos. Yo en mi amor a los hombres vine a buscarte y liberarte; porque desde el comienzo te hice imagen mía y te creé para ser mi esposa; por ti ha sufrido el Impasible; por tu rescate el que está por encima de las injurias soportó numerosas injurias. Y tú, que a causa tuya estás poseída por tantos males y sumergida en tan grandes tinieblas, ¿no debes acaso sufrir y ser afligida?
Así, disputando pacíficamente y conversando le muestra al alma que Él mismo le concedió soportar las aflicciones, la fortificó en las pruebas y la animó ocultamente. Habiendo escuchado esto el alma comprende que no tiene nada propio, sino que todo lo ha recibido del buen y hermoso Esposo. Y reconociendo de todo corazón el propósito, el amor y la voluntad que Él le dio, responde y dice: «He aquí, Señor, mi cuerpo casto, he aquí mi alma pura, tómame entera, escóndeme a tu derecha y hazme reposar.

Fuente;: Pseudo Macario. Extracto e Homilia III, en: Nuevas Homilias, Madrid, Ciudad Nueva, 2008.

lunes, 5 de junio de 2017

El Evangelio de la vida del Señor... Por Madeleine Delbrel



El Evangelio es el libro de la vida del Señor. Y está concebido para ser el libro de nuestra vida.
No está hecho para ser comprendido, sino para ser abordado como el umbral del misterio.
No esta hecho para ser leído, sino para ser recibido en nosotros.
Cada una de sus palabras es espíritu y vida. Ágiles y libres, sólo esperan la avidez de nuestra alma para introducirse en ella. Vivas, son como la levadura inicial que atacará nuestra masa y la hará fermentar en un modo de vida nuevo.
Las palabras de los libros humanos se comprenden y se sopesan.
Las palabras del Evangelio se sufren y se soportan.
Las palabras de los libros las asimilamos. Las palabras del Evangelio nos modelan, nos modifican, nos asimilan, por así decirlo, a ellas.
Las palabras del Evangelio son milagrosas. No nos transforman, porque no les pedimos que lo hagan. Pero en cada frase de Jesús, en cada uno de sus ejemplos, reside la fulminante virtud que sanaba, purificaba y resucitaba, a condición de comportarse con él como el paralítico o el centurión, de actuar de inmediato con absoluta obediencia.

  • Fuente: Delbrel, Madeleine, La alegría de creer, Bilbao, Sal Terrae, 1997. pp 37
  • Pintura Walter Rane, Jesùs sanando al ciego.