lunes, 8 de mayo de 2017

Nadie podrá echarte una mano...Por un monje


Nadie podrá echarte una mano vigorosa si no es Dios; Dios se esconde. No lo habrás percibido,pero nunca habrá sido tan estrecha tu adhesión a la soberana Verdad, ni tan valiosa tu oblación.Ni habrá estado Dios nunca más cercano: "Yavé ha dicho que habitaría en la nube oscura"(1 R 8,12).
Esa "noche oscura" tan martirizadora será cabalmente tu iluminación; conocerás a Dios con su propio conocimiento, sabrás de Él, no lo que la criatura llega a balbucir, sino lo que Él mismo sabe de sí y lo que le place revelar. De todas formas, si Dios te arroja a ese crisol terrible, padecerás la cosa más tremenda que cabe para un eremita, que cree desplomarse bajo las ruinas de su ensueño.
Como Job, tendrás prisa porque despunte el día (17,12). En poco tiempo habrás hecho más actos heroicos de fe que otros en una larga vida.
Eso en el caso de que abrigues la esperanza de ese alborear próximo, pues la esperanza se enraíza en la fe. Vivirás sin sentirla. También de ella eres testigo, y de ningún sitio la debes sacar más que de la promesa divina, no, en absoluto, de la seguridad de tus méritos o de una vida buena. Tienes que llevar cincelada hasta en tu carne la convicción de la gratuidad del don de Dios. En el lagar de la tentación exprimirás hasta la última gota de esa confianza en ti mismo de que estás lleno. Dios permitirá por algún tiempo que no vislumbres ya el fin de esa noche horrorosa y creas, hagas lo que hagas, que estás destinado a las tinieblas eternas.
No es seguro que llegues ahí. Todo depende del grado de santidad al que te llama Dios, pero ¡está tan dentro de la línea de una vida escatológica ser purificado a fondo en ese Purgatorio anticipado! Invisible, en la sombra, el Espíritu Santo te sostendrá, y tu alma angustiada no dejará de esperar contra toda esperanza, invenciblemente convencida de la fidelidad de Dios, en virtud de la cual, en este mismo destierro te ha "desposado" (Os 2,22). "Yavé lo ha jurado, no se desdecirá" (Sal 109,4). La infidelidad tuya no acarrea la de Dios. Cuando vuelves a él arrepentido, lo encuentras esperándote con todos los bienes que tenía pensado otorgarte. "Ea, pronto, sacad el vestido más rico y ponédselo, y un anillo para su mano y sandalias para sus pies" (Lc 15, 22).
Todo eso lo sabes de muy atrás; en este momento de prueba, el Corazón del Padre, abierto a todos te parece cerrado para ti. Pese a todo tu alma "espera a Yavé" (Sal 32,20). En tu desolación no cesarás de repetir: "En ti todo el día espero a causa de tu bondad, Yavé. Acuérdate de tu ternura, Yavé, de tu amor, pues son eternos" (Sal 24,5-6). Pensarás que lo dices con la punta de los labios, por cumplimiento, cuando antes te arrancarían la piel que hacerte dudar de la palabra de Dios. Pero la noche nos oculta el horizonte de luz.
Seguirás tu camino, con tu mano temblorosa cogida de la de tu Padre del cielo. "Lo así, ya no lo soltaré" (Ct 3,4).
¡Oh! qué difícil es creer en el amor de Dios cuando el cielo parece acerrojado, y te abruma el sentimiento de que nada debes esperar de él. Lo has dejado todo con el fin de vivir en la intimidad de Dios. Dios finge no dignarse dirigirte una mirada; y se te hace tan lejano que dudas de si te amará Aquel que, a despecho de todo, es tu único amor. Nada oprime tanto como un amor ignorado o desdeñado. Con el corazón lacerado te quejarás al Señor de haberte engañado al prometerte su privanza, siendo así que te trata en esclavo. Se te haría inconsolable esa frialdad de Dios si no supieras que él te ha amado el primero. De lo contrario, te sería indiferente (1 Jn 4,10).
Lo que él quiere es que lo ames como merece serlo: por sí mismo, por su amabilidad trascendente, y no en primer lugar por su bondad para contigo. Deberías amarlo aunque nada te reportase, porque es el Bien sustancial. Sé ante los hombres testigo de que Dios es digno de ser amado así de desinteresadamente.
El desierto con su aridez, la noche con su anonadamiento de las formas, hablan menos de la munificencia de Dios que de su trascendente perfección. No basta que lo sepas por la metafísica.
Debes experimentarlo y ofrendar al Amor ese homenaje gratuito. Si la prueba durase demasiado podrías periclitar. La humildad te salvará. Acepta el no saborear el Amor de Dios, por lo mucho que has gustado el de la criatura, y el andar en las tinieblas sin siquiera sentir la mano paternal que te lleva sin tú saberlo. Guíate por su voz; no cesa de resonar en la Escritura: "Dios es amor; el que permanece en el amor, en Dios permanece y Dios permanece en él" (1 Jn 4,16)
Ejecuta todo lo que manda el amor. Podrás, como Job, discutir: "Puede matarme; sólo me queda la esperanza de defender ante él mi conducta" (Jb 13,15).  
Y sobre todo, tente por indigno del menor favor de Dios: "Padre, no merezco que me llames hijo, trátame como a un jornalero" (Lc 15,19). Entonces no te sentirás chasqueado si te toca avanzar por la vía común.
No vuelvas atrás. No lo achaques ni al medio ambiente ni al marco de vida: la noche está en ti, y obedece a Dios. Podrá ser estéril para los hombres, cuya actividad suspende; es siempre fecunda en las manos del Creador. Antes que la luz eran las tinieblas; de ellas hizo Dios brotar la claridad del día "Cuando es hermoso creer en la luz es de noche" dice Platón. El Señor espera de ti esa fe, no te zafes. Aquel que te ama se oculta en esa oscuridad y te da cita en su misterio.
"Alzad vuestras manos al Santuario y bendecid a Yavé, por la noche" (Sal 133,3).

Fuente: El eremitorio. Espiritualidad del desierto