lunes, 5 de diciembre de 2011

El desierto de Juan Bautista bajo el techo de Cristo. Por Dom Esteben Chevevière

Maestro... ¿dónde vives? Venid y lo veréis (Juan 1, 38-39)

Tu pensamiento más familiar ha de ser la gratuidad y eternidad de tu vocación, con su cortejo de gracias. “No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino Yo el que os elegí a vosotros” (Juan 15, 16). “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía...” (Jeremías 1,5). “Yavé me llamó desde antes de mí nacimiento, desde el seno de mi madre me llamó por mi nombre” (Isaías 49,1). Cf. Gálatas 1, 15 - San Pablo.
Tan verdad lo es de ti como de Jeremías, Isaías, Juan Bautista, San Pablo. Tu convocatoria al desierto es eterna como todo lo que te concierne, y trae su origen de una preferencia inexplicable del amor de Dios para contigo. Por toda la eternidad cantarás el privilegio de tamaña misericordia del Señor.
Cualesquiera sean las circunstancias y los motivos personales conscientes que determinaron tu resolución, es el Espíritu Santo el que te ha traído al desierto, como lo hizo con Jesús (Mateo 4, 1). En realidad, fue el caso del Precursor. Dios te guardaba a la sombra de su mano (Isaías 49,2), esa mano de padre que te ha modelado, que levanta en tu derredor un muro defensivo, que te dispensa su gracia, te estrecha en la ternura de su abrazo. Esa mano te separa y te consagra. Te separa de lo profano y te consagra al servicio exclusivo de su amor. Te preserva de la cercanía indiscreta de las criaturas, te defiende contra ti mismo, tan propenso a tenderles los brazos. Su contacto te vivifica, purifica y caldea. A El sólo debes todas tus riquezas naturales y sobrenaturales. El desierto del ermitaño no es un calabozo enloquecedor donde se le somete a completa incomunicación. Sea tu fe bastante para vivir la realidad de que eres “el niño llevado a la cadera y acariciado sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo” Dios te consuela (Isaías 66,12-13). Entonces “latirá de gozo tu corazón y tus huesos reverdecerán como la hierba” (ib. 14).
Como el Precursor, tú has sido querido para Cristo, no sólo en el sentido en que entiende San Pablo que todos los elegidos han sido predestinados (Efesios 1,4), antes bien para no tener aquí abajo otra razón de ser que el amor y la glorificación de Jesús. Eres más que el amigo del Esposo. Tu alma es realmente la Esposa y puedes tomar como propias las efusiones del epitalamio místico del Cantar de los Cantares: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí” (6,3).
San Juan no vivió en la intimidad de Cristo. Más dichoso que él eres tú, que posees la Eucaristía y conoces todas las maravillas de la gracia.
Puedes con todo derecho esperar recibir “el beso de la boca”, prometido a quienes lo dejan todo por seguirle, y el desierto se tornará “en jardín con macizos de balsameras” donde el Amado “se recrea entre azucenas” (Cantar de los cantares 6 2-3). En este sentido “el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él” (Mateo 11, 11).
Ten buen cuidado de no quitarle al Eremitorio su sello de austeridad. Por aquello de que la contemplación es el ejercicio más excelente de la caridad, viene a veces con
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fuerza la tentación de poner en sordina la rudeza de vida de que todos los anacoretas han dado ejemplo. Juan Bautista, puro como el que más, no le daba al cuerpo sino lo estrictamente necesario para no morir.
El mundo está necesitado de expiación y tú mismo no estás sin pecado, ni sin tendencias perversas. Si el Precursor hubiera asistido a la Pasión, habría ardido en deseos de seguir al Esposo hasta el martirio. Le fue dada, sí, la gracia de derramar su sangre, pero sin el resplandor de la cruz que a ti te ilumina. Dichoso tú si el Eremitorio te cercena hasta el máximo ese confort que tanto hambrea el sentido moderno. El ahorro de tiempo, la superioridad del rendimiento, la liberación del espíritu, no son con frecuencia sino coartadas.
El Ermitaño no tiene en absoluto por qué acompasar el ritmo de su vida a la carrera desbocada de un mundo cuya escala de valores es la inversa de la suya. ¡Se nutre de eternidad!
En la esfera de lo temporal no tiene deseos, sólo tiene necesidades; aprenda a no forjárselos. La incomodidad en todo te debe ser familiar; el “puedo prescindir” ha de regular tus instalaciones y tus reclamaciones. Más vale que la obediencia sea para ti freno que no estímulo. El desierto natural se subleva contra toda sensualidad; por eso son tan pocos sus amadores. Pero los que se han dejado seducir saben por experiencia que de un cuerpo tratado con dureza, el espíritu emerge en la pureza y en la luz. Sin ese gusto por las austeridades ¿ cómo serías sucesor de los mártires?
Ojalá puedas merecer el elogio del Bautista hecho por Jesús: “Juan era la antorcha que arde y luce” (Juan 5,35) (lucerna ardens et lucens). Según arde y se consume, el Ermitaño ilumina como la lámpara del sagrario.
Se consume mediante la pureza que sofoca los apetitos carnales, se consume por la penitencia, que le lleva a renunciar a las fuentes de alegría de los hombres. Se consume sobre todo por el amor que es un fuego. El ardor de esa llama, avivada por el Espíritu Santo ha gastado hasta el cuerpo de los místicos y liberado el alma de la Santísima Virgen de sus lazos terrenales. Tu pasión ha de ser Jesucristo y el celo de su gloria en ti y en los demás.
Quizá obtengas el languidecer tras su venida y apropiarte el gemido de la Esposa en el Apocalipsis: “¡Ven!” Entonces se te dirá: “El que tenga sed que venga; el que quiera, que tome gratuitamente el agua de la vida” (Apocalipsis 22,17). El vacío, la aridez, la austeridad del desierto activan el paso por la pista que conduce .a la tierra del descanso. En un instante Juan olvidó las penalidades de los años duros de su preparación, cuando vio ante sus ojos al “Cordero de Dios”, cuyos caminos el allanaba (Juan 1,23). Entonces su único anhelo fue: “Es necesario que El crezca y que yo mengue” (Juan 3,30), no sólo en renombre sino aun en su ser espiritual, al presentir el sublime ideal que formulará San Pablo: “Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20). Así acaba por consumirse divinizándose la pequeña lámpara.
Para ti la venida del Mesías no es un futuro. Vives bajo el techo de Jesús, cada día te alimentas de su carne, su vida te anima, su Espíritu te guía y estimula, con El estás muerto y resucitado. ¿Por qué tu caridad iba a quedar en un poco de rescoldo? La única explicación de la vida eremítica es ésta: un gran amor requiere la máxima soledad. Tal será tu programa. En el Cuerpo Místico de Cristo te corresponde ser el corazón. Si eso no, ¿qué eres tú, que ni tienes obras, ni predicas, ni administras siquiera los Sacramentos?
Tu vida escondida habla al mundo, mas no será luz para él sino, precisamente, en cuanto brote de un amor concentrado. El Precursor fue un testigo sin igual de Jesucristo a quien tenía por misión señalar: Ecce, “Helo aquí. También tú en la Iglesia y de cara al mundo eres su testigo; pero lo que en ti habla no es lengua, es tu
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estado, tu mismo ser. Vives superiormente la doctrina, el ejemplo de Jesucristo, y el ardor de tu fe en acto obliga a pensar en la trascendencia de Aquel que la inspira: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre celestial” (Mateo 5,16). Si, conforme al designio divino, tu vida reproduce la imagen perfecta del Hijo, por el hecho mismo evoca el modelo (Romanos 8,29). Haces realidad el dicho de San Pablo: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos los sufrimientos mortales de Jesús, a fin de que .también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Corintios 4, 10).
Jesús es Dios, y, por tanto, eres el testigo de Dios que se refleja en ti como en un espejo (2 Corintios 3,18). Por tu renuncia de las criaturas proclamas su nada frente al ser de Dios. Por tu sacrificio de los goces que ellas te procuran, pregonas la suficiencia de Dios, soberana felicidad. Por tu aplicación exclusiva a la oración, publicas su infinita Majestad y su Soberanía. Y tu testimonio es de tanto mayor alcance cuanto tu vida está más oculta y silenciosa en la contemplación de esta sobrecogedora trascendencia de Dios.
Su irradiación sobrepuja infinito el conocimiento que de ella alcanzan los hombres. Al testimonio no le basta ser dado, tiene que ser acogido. No es cuestión de reportaje, es cuestión de gracia. Sólo .Dios abre los ojos a la luz. Por brillante que sea, el ciego no la percibe. El Verbo venido a este mundo “era la luz de los hombres, y la luz ha brillado en las tinieblas y las tinieblas no han podido alcanzarla” (Juan ,15). Con oración y sacrificios merecerás a los demás la gracia de ser dóciles al testimonio. Mucho predicó Jesús; atribuye el fruto de su apostolado a la oblación muda del Calvario: “Cuando fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí” (Juan 12,32).
Eres verdaderamente un precursor que abre camino. Pero te hace falta una fe que traslada montes para creer en semejante eficiencia en un contexto vital tan modesto y descarnado.
Juan creyó en su misión; cree tú en la tuya. No se buscó a sí mismo; nada hizo por dejar su soledad y deslizarse en el séquito privilegiado de Jesús. Amigo del Esposo como era, se regocijó del júbilo del Esposo, contentándose él con el terrible aislamiento de las mazmorras de Maqueronte, de donde no salió más que para el cara a cara de la eternidad. El que Jesús no le haya llamado al Colegio Apostólico, a la fundación de la Iglesia, a la dicha de su intimidad, no arguye menos amor. De ninguno de los Apóstoles hizo panegírico mayor que del que calificó “más que profeta”. “Oseas aseguró que no ha surgido entre los hijos de mujer uno mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11,9-11). Tenía que ser el modelo alentador de las almas que renunciarían a todo incluso a la suavidad de los favores divinos, para que sea glorificado en ellas y por ellas el Dios mismo de toda consolación. No es poco olvidarse hasta ese extremo y aguantar en el desierto esa suprema austeridad del silencio de Dios, sin que se cuarteen ni la fe ni la esperanza.
El Precursor supo comprender la actitud misteriosa de Jesús respecto de él, y, en la robustez serena de su fe “por Cristo” –tan distante – “abundaba su consolación” (cf. 2 Corintios 1,5). Su felicidad no fue otra que la aurora de la salud del mundo (cf. Lucas 2,29-32). Como no ha recibido ministerio alguno en la nueva economía, se oculta en el silencio de la contemplación. De hecho, el amigo del Esposo es también la Esposa, y desde la Visitación no ha salido de la cámara nupcial en que el Verbo la colma de claridades...
Sea la luz de tu oscuro sendero la máxima de San Juan de la Cruz: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado?’ (Punto de amor, nº 36).