sábado, 27 de junio de 2009

Paul Evdokimov: De la experiencia estética a la experiencia religiosa.

Lo absoluto es Dios, pero Dios sobrepasa la perfección abstracta de un concepto filosófico: Él es el Viviente,el Existente; en tanto que Amor, Él es Trinidad; en cuanto Amor, es Él mismo y el Otro, el Dios-Hombre. El mundo no existe sino porque es amado y su existencia es testimonio del Padre "que tanto ha amado al mundo" (Jn 3, 16) A la luz de esto, la contemplación, no estética sino religiosa, se revela enamorada de toda criatura; en el nivel de la "ternura ontológica", la contemplación se eleva por encima de la muerte, de la angustia y de las "preocupaciones", incluso por encima de los remordimientos, pues "Dios es más grande que nuestro corazón". En el trasfondo de la oposición radical entre el Ser y la Nada, entre la Luz y las Tinieblas, los textos de San Juan se centran en la inmanencia recíproca de Dios y el hombre. Desde este momento, es evidente que la verdadera Belleza no se sitúa en la naturaleza misma sino en la epifanía del trascendente que hace de la naturaleza el lugar cósmico de su resplandor, su "zarza ardiente"

  • Paul Evdokimov. El arte del icono. Teología de la belleza. Madrid. Ediciones Claretianas. 1991. p 29-30.

sábado, 20 de junio de 2009

John Milton. Soneto N° 20.

Cuando pienso que mi luz se ha gastado
Y hay noche antes de promediar mi dia
Y oculta y muerta esa moneda mía
Me hallo inepto, aunque mi alma se ha inclinado
Tras ello a servir a Dios a abjurado
De culpas por ganar Su Simpatía,
Pregunto: "¿Que trabajo El mandaría
Si me niega luz?. Paciencia, apurado,
Replica: "No precisa el Hacedor
Servicios ni regalos. Quien mejor
Se unce al yugo más le sirve. Su causa
Es magna: si a su voz miles se alteran
Y recorrer mar y tierra sin pausa
También le sirve el que inmóvil espera"

martes, 16 de junio de 2009

Evitar las discusiones interiores. Por un monje.

Oh hermano, si pudieras comprender y gustar la dulzura de ser conocido sólo de Dios! Sé dichoso al irradiar a Cristo, pero no te turbes lo más mínimo porque esa irradiación sea aún demasiado discreta. ¿No estás suficientemente cansado de conversar con los hombres, que aún los evocas en tu espíritu para contarles tus razones?
¡Sólo con Dios solo! Él lo sabe todo. Él lo puede todo. Él te ama. Si supieses lo bueno que es tener la cabeza vacía de toda criatura para no admitir más que la imagen de Jesús-Cristo y de María, los reflejos creados más puros del Invisible. Habla con ellos: eso se hace sin ruido de palabras. Las palabras sirven de poco: ve, mira, contempla. ¿Los miembros no son el honor de la cabeza? No apartes los ojos del divino Rostro del Cuerpo Místico. Es tu papel contemplativo.
Nuestras discusiones interiores no son, frecuentemente, más que la consecuencia de los altercados del día. Créeme: no discutas jamás con nadie; no sirve para nada. Cada uno y cada una están seguros de llevar la razón y busca menos ser aclarado en sus dudas que vencer en una disputa de palabras. Se retiran disgustados, atrincherados en sus posiciones, y la disputa continúa por dentro. Se acabó el silencio y la paz.
Si no lo tienes que hacer por tu cargo, no intentes convencer. Pero si quieres permanecer tranquilo, pasa la página apenas se inicie la controversia. Acepta ser derribado al primer golpe y ruega dulcemente a Dios que haga triunfar su verdad en ti mismo y en los otros; y, a otra cosa: tu alma no es un forum, sino un santuario. Se trata para ti, no de tener razón, sino de embalsamar a tu alrededor con el perfume de tu amor. La verdad de tu vida testificará la de tu doctrina. Mira a Jesús en su proceso: “callaba” (Mt 26 63), aceptando las injurias; ahora Él es Luz para todo hombre que viene a este mundo (Cf. Jn 1, 9)


  • Las puertas del silencio. Escritos cartujanos. Cartuja de Miraflores.

sábado, 13 de junio de 2009

ROBERT DE LANGEAC. LA SOMBRA DE LA EUCARISTÍA.

El alma interior, dichosísima por ser amada tan profundamente por Cristo Jesús, quiere testimoniarle a su vez el afecto que le profesa. Sabe que ahora Él habita en el Tabernáculo. Y, atormentada de amor, se retira allí cada noche para adorar, alabar, gemir, sufrir, orar y amar, muy cerca de Él, en el silencio del corazón.

El alma interior entra en si misma, cierra la puerta del santuario y se queda completamente sola con Dios.. Quedan verdaderamente cara a cara, quedan, sobre todo, en una divina presencia de corazones. Al alma le parece, y es verdad, que ya no tiene que hacer sino una sola cosa: amar. Y ama horas enteras, sin cansarse. Si pudiera, se quedaría allí siempre, para amar siempre.

Mientras el alma interior dialoga con Jesús, al pie del Tabernáculo, vuelve a su mente el recuerdo de sus actos del día. Se pregunta si todo ha estado bien. Vislumbra los defectos que se le escaparon en el momento de la acción. No dijo bien aquella palabra, no hizo bien tal gestión, no aceptó de primera intención y con alegría aquel sufrimiento o aquella contradicción. Se ve entonces carente de gracia ante los ojos de su Amado Salvador. Lleva algunas manchitas en las manos y en el rostro. Y ello le duele, sobre todo por Él, que merecía ser mejor amado y mejor servido. Unas lágrimas de pesar le suben desde el corazón hasta los ojos. Comprende que para reparar es menester amar mucho más. Y bajo el aguijón del dolor, su amor por Jesús se aviva, es más fuerte y más ardiente que nunca; su llama es purificadora. Y así como el fuego hace desaparecer las menores huellas de orín, el ardor de la caridad borra también hasta las más mínimas imperfecciones. El alma interior no ignora este proceso y se alegra de él. Pues siente entonces que la paz perfecta vuelve otra vez a asentarse en el fondo de si misma.

¿Qué hay de más dulce para el alma interior que la sombra de Jesús-Hostia? Es allí donde desea sentarse la Esposa, y donde, por otra parte, la espera Él. Hay una sombra espiritual de la Custodia, como también la hay del Tabernáculo. No todos la ven ni todos se ocultan en ella. Pero quienes saben acogerse a ella, descansan allí embelesados. Pues en silencio y en paz se alimentan con un fruto dulcísimo; comen un pan sustancial, él mismo Cristo Jesús. Y poco a poco ellos mismos se mudan en ese Divino alimento. Son metamorfoseados y se transforman en Jesús. Sus apariencias siguen siendo las mismas o casi las mismas, pero lo que en ellos hay de más íntimo y de más profundo se convierte en algo muy distinto. Es Él quien piensa, habla y obra por ellos; es Él quien vive por ellos. ¿Puede haber nada más dulce para el alma que verse así transformada en su Salvador gracias a la sombra de la Hostia?

martes, 9 de junio de 2009

Jean Guitton. El Amor.


El amor es una exaltación tranquila de la voluntad que se une a lo que desea y que goza de ello por adelantado. Y ha de observarse que amar no es tener: para amar, el alejamiento, la privación y la búsqueda incierta son favorables. Los grandes amantes de la poesía y de la historia han estado, la más de las veces, separados y no se comunicaban sino por el deseo. Cosa que hace que entre en la composición del amor un poco de sufrimiento. Y, todavía, si se posee en amor, se quiere ir más lejos en la posesión, se sufre de no poseer más. Pero en el amor hay también una alegría, un goce, como si ya se dispusiera de lo que se desea. Razón por lo cual no se puede hacer nada sin amar, ni siquiera aprender una lección, iniciar una investigación, reformar un Estado, trabajar un campo, salvar una civilización, educar a un niño. Para hacer es menester, desde el comienzo, encontrarse en el término, poseer el porvenir que no existe. Si se trabaja un campo, es necesario gozar ya de ese campo como si se hubiera terminado de trabajarlo. Si se educa a un niño, es necesario referirse al fin y ver en él al hombre futuro.

  • Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar. Buenos Aires. Goncourt.1968. p 110

sábado, 6 de junio de 2009

La Trinidad en mi vida. M. Philipon O.P.

Nuestra vida espiritual no es otra cosa que una extensión de la vida de la Trinidad. Las misiones divinas transfieren a nuestras almas la presencia real del Verbo y del Espíritu Santo. ¿Cómo no habrá de venir a permanecer en nosotros el Padre con su Hijo y su Espíritu de Amor? la Trinidad misma nos invita a "vivir juntos" en la amistad. La Trinidad en nosotros y nosotros en la Trinidad, en una vida de unión que es reflejo de su eterna circuminsesión: he aquí el secreto de nuestro destino divino y por participación, de nuestra felicidad en la tierra.
¿Qué importa lo demás? ¿Qué me importan las riquezas de este mundo si llego a perder la Trinidad? Y si poseo la Trinidad, ¡qué me importan todos los tesoros del universo! Para mí, la Trinidad lo es todo. La Trinidad es mi vida, mi esperanza, mi única luz, "el Principio y el Fin" de todas las cosas en el Cielo, sobre la tierra y hasta en los infiernos. "El fruto sabroso de toda existencia humana es la visión de la Trinidad en la unidad", el término beatificante de las menores acciones, el bien supremo hacia el cual tiende el movimiento del universo. Todo lo que conduce a la Trinidad es deseable, lo que distancia de Ella, despreciable. Si sabemos que cada segundo que transcurre es un germen de eternidad, una semilla de Trinidad, no se ha de perder un solo segundo, cada instante ha de ser sumergido en Ella todo entero, en la luz pura de la fe, se lo ha de eternizar allí en Dios por el amor.
Dios no ha creado el universo de los espíritus y de los cuerpos, ni nos ha enviado a su Hijo, sino para hacer de nosotros hijos e hijas de la Trinidad, a imagen del Verbo en el brillo de un mismo Amor. Cristo es el "Camino", la Trinidad la meta. A través de la historia del mundo, la Trinidad conduce a la Trinidad. (...)

  • M. Philipon. O.P. La Trinidad en mi vida. Edicones DEI. 1987. P 13, 14.

jueves, 4 de junio de 2009

Amanecer. Gabriela Mistral


Hincho mi corazón para que entre

como cascada ardiente el Universo-

El nuevo día llega y su llegada

me deja sin aliento.

Canto como la gruta que es colmada

canto mi día nuevo.


Por la gracia perdida y recobrada

humilde soy sin dar y recibiendo

Hasta que la Gorgona de la noche

va, derrotada, huyendo.

miércoles, 3 de junio de 2009

Momentos de Descanso y de Lucha. Sor Faustina Kowalska

El amor es un misterio que transforma todo lo que toca en cosas bellas y agradables a Dios. El amor de Dios hace al alma libre; es como una reina que no conoce el constreñimiento del esclavo, emprende todo con gran libertad del alma, ya que el amor que vive en ella es el estímulo para obrar. Todo lo que la rodea le da a conocer que solamente Dios es digno de su amor. El alma enamorada de Dios y en Él sumergida, va a sus deberes con la misma disposición con que va a la Santa Comunión y cumple también las acciones más simples con gran esmero, bajo la mirada amorosa de Dios, no se turba si con el tiempo alguna cosa resulta menos lograda, ella está tránquila, porque en el momento de obrar hizo lo que estaba en su poder.Cuando sucede que la abandona la viva presencia de Dios, de la que goza casi continuamente, entonces procura vivir de la fe viva, su alma comprende que hay momentos de descanso y de lucha.Con la voluntad está siempre con Dios. Su alma es como un oficial adiestrado en la lucha, desde lejos ve donde se esconde el enemigo y está preparada para el combate, ella sabe que no está sola; Dios es su fortaleza.
Sor Faustina Kowalska- Diario de la Divina Misericordia en mi alma. Padres Marianos de la Inmacula Cocepción de la Satísma Virgen María.2005. (Segundo Cuaderno, p 352)